miércoles, 2 de abril de 2025

Ensayo inodoro: La fragilidad

 ¿Hay algo más desesperante que tirar el agua en el inodoro y ver que no corre? ¿Ver que lentamente se va llenando? ¿Ver que se acerca peligrosamente al borde? ¿Imaginar la posibilidad, segundos atrás remota, de que entonces puede rebasar? ¿De qué entonces un inodoro es una compuerta de algo que no queremos ver, ni saber de su existencia? El inodoro como exterminador y desaparecedor de todo aquello que no creemos digno de tener entre nosotros. La cadena como botón rojo, como botón de expulsión directa. El botón como orden absoluta de exterminar esa realidad. Un exterminador.  Eso es un inodoro. 
Pero nosotros lo olvidamos. Naturalizamos totalmente sus funciones. Olvidamos su verdadera esencia y su tarea. Y sólo somos capaces de recordarla cuando peligra el status quo. Cuando el agua del inodoro se acerca peligrosamente al borde de la taza. 



Encontré un cuchillo en un inodoro. 


Fue en un ínfimo departamento de Villa Crespo. Acababa de mudarme, el agua del inodoro no corría y yo, totalmente inexperta en el uso de herramientas de plomería, llegué hasta el final del asunto: al espanto de darme cuenta en ese momento de que alguien había querido hacer desaparecer un cuchillo. Un cuchillo que ¿por qué tenía que ser borrado de la faz de  nuestra tierra? ¿Qué había hecho? ¿Qué habían hecho de él?


¿Cómo empezó? 


No corría el agua de Villa Crespo. Crucé la calle para ir a una ferretería y explicar el punto. Me confesé inexperta. Me dieron un extraño alambre. Me dijeron que el alambre se giraba y servía para destapar. No creí, pero me obligué a creer que ese palito, a mis ojos informe, podía con semejante tarea. Había empezado a girar la manivela del “destapador” - tal como se le llamaba a ese alambre - y durante un tiempo confirmé mi desesperanza. Pero en un momento comenzó a trabarse, entonces tiré y el agua cristalina - pero siempre inmunda -, me salpicó los ojos. Cuando los abrí, vi el cuchillo: un tramontina clásico con mango de madera. Los mejores, creo yo. Lo miré absolutamente anonadada, con la cara con la que se mira un cuchillo recién salido de las profundidades de un inodoro.


Espanto y teorías conspirativas.


Dí al cuchillo un destino más terrenal. No lo usé para comer o cocinar, pero lo tiré en la basura, donde no dejaba de existir de esta faz de un momento a otro; donde el recorrido sería más orgánico. Sinceramente, creo que nadie puede decir qué es de la vida de ese cuchillo. Creo que es totalmente impredecible lo que pasa cuando tiramos cosas de ese estilo a la basura. Sirven pero secretamente una sabe que no. Sin embargo, a menos que se descarte junto con una historia clínica, no puede saberse si alguien le dará uso o sospechará.  


Seis años más tarde, en el primer mes de la pandemia, miré al inodoro con el mismo espanto y extrañeza, haciéndome la misma pregunta: ¿cómo esto puede tapar mi inodoro? 


Esta vez, teorizando sobre la posibilidad de que el  tubo de cartón de un rollo de papel higiénico que había caído la noche anterior y que tal parecía era el culpable de que el agua casi rebalsara. Para mí era inviable que el tubo de cartón tapara un inodoro porque hay una relación metonímica entre los objetos. No puede ser plausible que algo que convive al lado y siempre a punto de caer al agujero lo tape, y uno estima que los fabricantes lo sepan. Y sin embargo, un rollo de papel higiénico había caído una noche, y acto reflejo tiré la cadena. Dieciocho horas más tarde, el panorama era terrorífico: no se podía tirar la cadena sin la adrenalina de sentir que la situación empeoraría de un momento a otro. A veces me indigna la falibilidad de los inodoros y nuestra relación de absoluta dependencia con ellos para que las cosas sencillamente desaparezcan de la vista.


Probé soluciones caseras: detergente, agua hirviendo, lavandina en cantidades, pero cada vez que apretaba el botón la catástrofe parecía más cercana. 


Busqué el contacto de la primera y única persona que se me vino a la mente. 


Giyo es mi plomero; siempre lo llamo y si es una urgencia viene en el día, pero después de las nueve, o sea que que llega siempre entre nueve y media, y diez de la noche. Mi chat:


[18:47] Yo: Giyo

[18:54] Yo: Ayudaa

[18:54] Plomero Giyo: Hola, ¿qué le pasó?

[18:57] Yo: Estoy nivel desesperación


Mando audio + video del asunto.


[19:09] Plomero Giyo: Uuuu que bajon

[19:09] Plomero Giyo: Yo estoy por palermo en un trabajo

[19:10] Plomero Giyo: Yo, si voy, tipo 9.30 estaré ahí 

[19:10] Yo: No llegas hoy?

[19:10] Yo: No hay forma de destaparlo yo?

[19:11] Plomero Giyo: Hay que sacarlo y darlo vuelta al inodoro

[19:11] Yo: Ah no

[19:11] Plomero Giyo: Recién ahí va salir lo que se cayó

[19:11] Yo: Ya me excede

[19:11] Yo: Con sopapa tampoco?

[19:12] Plomero Giyo: El tubo que cayó es de cartón o de plástico ?

[19:12] Yo: De cartón

[19:12] Plomero Giyo: Si es cartón en un rato se va desarmar

[19:12] Yo: Se cayó ayer a la noche

[19:13] Yo: Eso me llama la atención

[19:13] Yo: Que fue de dormida

[19:13] Yo: Y recien vi que empezó a taparse ahora

[19:13] Yo: Entonces probé agua caliente y detergente

[19:13] Yo: Meter la mano

[19:13] Plomero Giyo: Sí, entonces no va pasar, hay que sacar el inodoro

[19:13] Plomero Giyo: Más tarde paso

[19:17] Yo: Pero se puso peor que ayer, como puede seer???





Desesperada empecé a consultarle a otras personas conocidas si no había manera de resolver este asunto mientras probaba más soluciones caseras y hervía más agua. En tanto, mi jefa me pedía cosas, pero le mandé un audio explicándole mi terror al borde las lágrimas 


Audio a jefa + Respuesta de jefa


La verdad es que todo fue muy desagradable y fui más hasta al fondo que en Villa Crespo: la mano adentro, una percha desarmada. Fue increíble todo lo que pude sacar con ella, pero no el tubo de cartón. Probé más detergente, más agua, más lavandina. Un asco.


Tuve una idea repentina.


Yo estaba patética: me había dado cuenta de la avería apenas había salido de bañarme y me había puesto un buzo de Mickey gigante, unas medias agujereadas y unas calzas también agujereadas, y no tenía ni bombacha ni remera debajo. Me salteé todo eso y decidí salir a tocarle el timbre a Mónica que era  la portera. Cuando me mudé, me tiraba notas por debajo de la puerta para que aprenda las reglas del edificio porque yo no separaba la basura. Además, Mónica es memorable porque tuvo un duelo de carteles con algún vecino que le escupía el ascensor, entonces todas las mañanas aparecía un líquido blanco burbujeante y espeso en las paredes del ascensor y un cartel de Mónica que le decía que no lo iba a limpiar y que se gargajee el orto (sic). 


A Mónica le toqué el timbre y le conté todo. Mónica me dijo que jamás le había pasado y elucubramos que quizás lo que sucedía era que -pese a que el rollo había caído hacía casi 20 horas y todo indicaba que se disolvería- probablemente el papel que había echado durante el día se había trabado en el cartón. Eso y además Mónica agregaba que los papeles higiénicos son cada vez menos papel y más otra cosa. No entendí su idea y estaba interesada en todo lo que pudiera ayudarme así que indagué: Mónica decía que los papeles higiénicos eran cada vez más artificiales porque eran sedosos. “Son cada vez más parecidos a la seda y menos parecidos al papel”, explicaba, y concluía con que por eso mi baño estaba tapado. Por fina básicamente. Pero me pareció de mal gusto comunicarle que yo siempre compraba el más barato de los papeles y que seguramente los de la fábrica no se habían molestado en ponerle seda. Preocupadísima, terminé esa comunicación y volví a Giyo para comunicarle la teoría de Mónica del atraco del papel en el rollo en el inodoro.


[19:42] Yo: Giyo. Pregunta: puede ser que el papel higiénico que tire durante el día se haya acumulado ahí al lado del cartón y por eso ahora se tape y antes no??

[19:45] Plomero Giyo: Si si, eso lo tapó más

[19:47] Plomero Giyo: Si tenes una sopapa puede que se destape

[19:49] Yo: No tengo

[19:49] Yo: Pero puedo ir a comprar

[19:50] Yo: Al chino porque ferretería no creo

[19:57] Plomero Giyo: Ferretería ya no hay a esta hora

[19:57] Plomero Giyo: en el chino puedes conseguir



Y  todo se volvió muy caótico acá porque eran casi las ocho, el supermercado estaba por cerrar y yo decidí ir a fondo, otra vez, ir por todo. Así como estaba vestida, salí al chino de la cuadra de mi edificio. Fui a la sección limpieza y vi una gran sopapa. Era gigante. Yo realmente no sé cómo elegir el radio de las sopapas, pero era enorme. En el pasillo estaba el otro único comprador. Entonces encontré otra sopapa mucho más chica y miré las dos. También vi lavandina y la agarré, y entonces sólo me quedaba elegir una sopapa. El señor me miró y me dijo: “Decime vos que buscas y yo te digo, y nos ayudamos”. Y era buena idea. Le informé que buscaba jabón blanco y entonces le conté todo lo que me había pasado en el baño; y aproveché para agarrar papel higiénico que -encima- también necesitaba. Y no me dio ninguna respuesta. Dijo “uy”. Todos dicen “uy” cuando se cuentan estas cosas. En fin, que fui a la caja con 2 litros de lavandina, un pack del papel higiénico más barato y dos sopapas de distintos tamaños. Había buscado una tercera intermedia, pero no encontré y yo ya estaba decidida a que si iba a intentar lo de la sopapa lo intentaba bien, aunque mi esperanza era a toda vista casi nula. 


Esto es lo que tienen los elementos de plomería: no transmiten esperanza. Nadie daría nada por ellos. Cuando sucedió el cuchillo en Villa Crespo, yo llegué a la ferretería pidiendo destapador, y cuando me ofrecieron el alambre lo desestimé y opté por un líquido cuyo envase delataba una especie de pseudo letalidad para los humanos. El alambre era un alambre, no me decía nada; la sopapa era ridícula, es un elemento insulso. Sin embargo, cuando llegué a casa y la metí en ese inodoro tan falible, en ella estaba concentrada todo lo que me quedaba de espíritu. Y recé. Yo no rezo desde los siete años, cuando había tomado la comunión, pero recé o algo así. En realidad dije : “Dios, si de verdad existís, por favor que funcione”. This is real. Y sopapeé un par de veces y tiré la cadena, y nuevamente, el abismo. Y entonces levanté la cabeza al cielo y grité “¡Diooooos!” y cuando bajé los ojos vi la firma de Bernardino Rivadavia escrita con marcador en un azulejo de la pared.





Porque encima esto: en la pandemia me aburría e imitaba firmas de próceres en el baño. Pero lo cierto es que al verla me volvió toda la esperanza y sopapeé como nunca antes, con ritmo y constancia. Entonces apreté el botón y cuando el agua bajaba pronto se generó una succión repentina. Fue bellísimo. Empecé a gritar. Informé a Giyo:


[20:08] Yo: Giyo

[20:08] Yo: Creo que lo destape

[20:09] Plomero Giyo: Si si bien ahí que se destapó

[20:10] Plomero Giyo: Que suerte, se destapó

[20:11] Yo: 🙈

[20:11] Yo: Giyo me da mucha vergüenza haberte  jodido tanto

[20:11] Yo: Perdoon

[20:11] Yo: Mil perdones


Audio + video de inodoro resuelto


[20:12] Plomero Giyo: Por favor, ninguna molestia estoy para ayudar

[20:41] Yo: 💐🙌🏽🙌🏽🙌🏽


martes, 21 de mayo de 2024

Confusión kafkiana, expulsión/exilio y final


En el salón de conferencias donde mi grupo concurre, hay un cuadro colgado en una pared iluminado por dos foquitos de luces dicroicas, y yo acabo de entender lo que es ese cuadro.

Pensé que era un enorme bicho rojo, con tentáculos y antenas; que podía ser un insecto pero también un camarón o un langostino, y esas antenas podían estar en el fondo del mar o arriba de un árbol. Pero que en definitiva era un bicho, marino o terrestre, sobre un fondo blanco, que bien podría  ser un fondo de mar muy iluminado -fotográficamente hablando, muy sobreexpuesto-, o la pared blanca de un patio donde él se depósito y quedó a la espera de lo que esperan normalmente los bichos con sus antenas: algo para cazar o quien sabe. 

Y no entendía porque  hacíamos gala de un bicho  pero me hice a la idea de que pertenecía a un grupo de gente extraña que tenían cierto fetiche con otros seres vivos de antenas y cuerpos colorados, sin saber si eran del mar o no, pero seres antenados al fin. Y yo forjé mi forma de ser en esto: 

yo pensé que tenía que ser extraña y excéntrica, como el bicho que creía que todos veneraban, 

pensé que todos estábamos de acuerdo en alabar cosas asquerosas 

y pensé que eso nos hacía ver distintos al resto. 

Y además pensé que todos pensábamos que entonces compartíamos algo que nadie más tenía.

Y cuando todos se empezaron a alejar de mí porque eructaba, o regurgitaba, o escupía, o me baboseaba en público, me sentí mal y sola, y no entendí nada. Y no quería decirles sobre su hipocresía. 

Y ahora que me dejaron sola en el salón y me acerco al cuadro de dicroicas escudriñándolo con tristeza para captar el sentido de nuestra soledad (la mía y la del ser vivo antenado), me cae una lagrimita estúpida por el cachete. Pero entonces veo con horror que es una niñita

escribiendo sobre un escritorio rojo, 

que lo que yo creía antenas es una lámpara de pie, 

que lo que yo creía costra horrible es la cabeza casi rubia de la niñita, 

que lo que yo creía cuerpo infecto terrestre o marino es en realidad una mesa,

que la niñita  tiene anteojos, 

que la niñita sostiene una lapicera, 

que la niñita es civilizada, 

que la niñita escribe sobre un cuaderno,

que estoy completamente fuera de su alcance, 

y de sus modales, 

que eructé en su presencia y en la del resto de mis compañeros,  

que yo pensé que éramos  un grupo de gente rara y excéntrica.

Pero

que solamente somos un grupo de gente 

que se junta a conversar civilizadamente en una sala de conferencias,

reverenciándonos ante el cuadro de una niñita,

escritora y aplicada.

Y aburrida.

Y limpia.

Terrestre.

Y pienso que tengo un gusto muy sutil por las cosas asquerosas, 

que extraño al grupo excéntrico 

que se jactaba de reverenciar a un bicho antenado 

y pero que nunca existió más que en mi mente y mis babeos; 

y que tengo que buscar otro grupo que se junte 

en donde si hayan cuadros de seres horribles

y antenados,

y con tentáculos, 

de tierra o mar, 

para reverenciarlos,

y poder escupir y eructar

como dios manda.




viernes, 28 de febrero de 2020

Vacaciones con Manuela*


Con mi amiga Manuela nos encontramos dentro del célebre grupo de ocho personas que se zambulleron en el río de agua salada del Uruguay el 7 de febrero del 2020, en el marco de una invasión de aguas vivas.
Las medusas habían llegado ya el 5 a Montevideo, el mismo día que nosotras arribamos e intentamos bañarnos tras un paseo por la rambla del Ríomar de la Plata, en una playa no apta conocida como "del gas". Desde ya que ni imaginábamos que era el comienzo de la plaga. Nos mojamos las manos y pies con delicadeza en la orilla e interactuamos con un señor (el señor del Fierro) que las sacaba cada vez que alguien alertaba respecto a la presencia de alguna. Eran enormes pero él las dominaba con el fierro y las llevaba hasta la orilla.


¿Vieron? Dan ganas de meterse pero da miedito. ¿¿¿noo??? Yo la saco por los gurises. Imaginate que si a nosotros nos duele cuando pican mirá los gurises. Ya saqué un mooooontón. Debe ser el agua pero ya va a cambiar. Las saco y las seco por los gurises (señaló a los gurises y luego apuntó a dos o tres o cuatro enormes montañas de gelatinas. Los gurises alertaron respecto de otra presencia, buscó su fierro y gritó) ¡Ahí voooy! A ver (mostraba habilidad. La arrastró a la orilla con el palo y un gurí acercó su baldecito de playa para meterla y así depositarla en una de las montañas. Gran cantidad de gurises se acercaron con palos a molestarlas en su lecho de muerte). Fijate que ahí las saqué pero no pisen porque los filamentos pican como por media hora. Hay que dejarlas secar. (Detrás suyo, una mujer gorda se metió decididamente al agua hasta la cintura: con un movimiento manual y veloz, agarró la más grande que hayamos visto jamás hasta entonces. No sabemos cómo la hizo caber en su mano para revolearla a la orilla donde cayó pesadamente cerca de nosotras. La medusa respiraba; se inflaba y se desinfabla) ¿Viste que respira no? Y sí, respira (preguntaba y se contestaba el del Fierro riéndose, tal vez un poco celoso de la destreza amazónica de la mujer que le competía el protagonismo de la playa del gas. Y los gurises rodearon a la gigantesca criatura al grito de) ¡Miiiiiira el agua viva! ... ¡Hay que matarla! (Pronto empezaron a clavarla. El señor del Fierro parecía tener al menos dos hijos mellizos) …tienen 3 años y 10 meses, van para 4... (que formaron la manada alerta de aguas vivas con otros. Ya iba a atardecer y la hora mágica, etc etc, y Manuela y yo decidimos subir a tomar mates a la costanera. Un rato después, el del Fierro nos pasó al lado rodeado de cinco gurises) ¡No, no, no! ¡Se terminó mi jornada laboral! Noo (gritó hacia los que quedaban en la playa y nos saludó).

En fin, que eso pasó el 5 y según el del Fierro era cosa pasajera. El 6 comimos rabas y abadejo, tomamos cerveza  y nos metimos en otra playa sin problemas. El 7 amaneció muy raro, sin entenderse el clima. Tal vez lloviera (potencial), había viento (era un hecho). Salimos sin saber a dónde ir. Caminamos por Montevideo en una suerte de tour bizarro casero que armamos; de esos en los que o todo es completamente interesante o nada es interesante en absoluto. Llovió con sol. Dejó de llover. Hizo muchísimo calor. Terminamos tomando un colectivo a Parque Rodó para comprobar que ya era el día de playa ideal (un hecho pero en potencia). Almorzamos frente a la rambla con vista al Ríomar de la Plata; la playa estaba hermosa, tranquila, no había nadie, la marea estaba bajísima. Esperamos a que se pase el horario crítico del sol y cruzamos. Con calor y felicidad nos sacamos la ropa  al lado de una chica que tomaba sol, -hola, -¿nos cuidarías las cosas mientras nos metemos?-, y corrimos para mojarnos los pies porque la arena quemaba. Y bueno, invasión. Y apenas empezaba la zona húmeda. Miles, tal vez millones de aguas vivas. Las de la orilla eran de tamaño medio. Miramos para todos lados. Ningún humano se metía al agua; los pocos estaban sentados bajo el sol y era todo muy agobiante. Los detalles. El tamaño de los bichos era proporcional a la profundidad. A medida que crecía el volumen de agua, crecía el de las medusas. Vigilábamos a izquierda y derecha entre las dos. En fin que llegamos a una altura considerable entre grititos y expresiones de aliento. Nos metimos y salimos (salir es más difícil que entrar porque una no ve qué trae la ola, es decir que hay un triple frente de ataque en potencia). Lo hicimos dos veces y presenciamos que dos mujeres más también lo hicieron, luego una chica también se metió hasta las rodillas, vimos la silueta de una persona solitaria zambullirse al final de la playa y, finalmente, un padre llevó a su hijo a caballito al agua, pero él lloraba y se negó a mojar siquiera sus pies. El resto de las personas que fueron a esa playa no se bañaron. Sólo se sentaron a mirar y a expresarse con horror, risas y curiosidad sobre la plaga. Nuevos gurises empezaron a gritar cosas sobre las medusas pero ya no estaban el del Fierro ni la señora amazónica para sacarlas. Quién sabe qué pasó con ellos. Las aguas vivas habían ganado todo.

Esquivar medusas con ese nivel de exposición corporal nos hizo sentir bien y valientes. Pero al rato vinieron los cangrejos. Lo gritaron los gurises. Acá hay unos cangrejos; ¡y acá otro más grande!. Y estaban también los batracios que comían las gelatinas que morían en la orilla. Y todo lo que era el reino marino parecía estar cooperando en armonía y eso no nos incluía a los humanos.

Manuela y yo nos fuimos al otro día en un barco en medio de una tormenta. Y bueno; durante lo que estuvimos embarcadas hablamos y alardeamos justamente de esto: de que estamos contadas entre las ocho personas que se metieron al mar el día en que todo comenzó. Quién pudiera tener una amiga así.

*Publicado originalmente el 10 de febrero de 2045 en el suplemento subacuático Life Style & Travels de Sobrevivientes del ex diario La Nación, cuya distribución fue arruinada en su totalidad por la erosión instantánea del papel al contacto con el agua, problemática que los dueños se negaron tercamente a corregir en lo poco que quedó hasta su desaparición.





viernes, 31 de enero de 2020

Microrelato


Son motoqueros. Diez motoqueros fornidos. Motoqueros con camperas de cuero y pelos largos. Motoqueros con barba al costado de una ruta. Motoqueros sin miedo en el medio del desierto. Motoqueros sentados en una mesa larga. Motoqueros que toman cerveza y golpean la mesa. Motoqueros carnívoros (motoqueros que comen carne). Motoqueros que se levantan y van hacia sus motos. Motoqueros ruidosos, motores ruidosos. Motoqueros que arrancan apretando fuerte el acelerador. Motoqueros que caen. Es su primera vez.

miércoles, 8 de enero de 2020

El agrado de escribir sin detenerse en la ortografía y la sintaxis (excepto en este título)

Tengo el agrado de volver a escribir. No se si es realmente el agrado, pero si la creencia común de que lo que digo se puede volver realidad y de que las palabras son pre…no me sale la palara, podría buscarla en internet, podría hacerlo, podría interrumpir mi pensamiento y entrar a google, podría, es cuadno el lenguaje perdormatea lo qye vas a decir, pre…. Perforeable? Estoy viendo que tanto auantan mis ganas de escribir puramente escribir. Escribir sin interrumpirlo por nada mas que por cierto el dolor de brazo que siento aghora. Se puede escribir todo lo qe uno siente? Es todo lo que sentí en 2 minutos. Cuantos párrafos serian de una hpra? Cuantos párrafos mas puedo escribir sin que me siga doliendo.
Me acuerdo que antes de pensar que me gustaría escribir la frase de que tengo el agrado de escribir… si me acuerdo que en realidad quería escribir sobre las gatas peludas… si… e acuerdo que pensaba que siempre que había entendido algo ahboa visto o creido ver gatas peludas… o las vi o las bomeite o las crei ver… siempre hubo gatas peludas. Extraño animal para ver como señal de que entendés algo. Extraño. Es unnn abimal (insecto?) que nunca me llammo la atención y solo me ga causado una repulsionn terrible. Y de repente sse esta trasformando en un símbolo, o se va a transofrmas, o lofue incoscientemetne hasta hoy.

Pensaba escribir un cuento sobre las fatas peludas pero no sabia que escribir entonces pensé en contar que me pasa con las fatas peludas, la historia de una chica que las ve cuando piensa que ago va a vambiar o que cambio o que debieran cambiar, o deberían cambiar,.. también pensó en escribir debieras o deberían, pennsp en cual quedaba mas lindo, el sentido estético de la custion.


Lo que suise decir mas arriba es el lenguaje performatea tus acciones… todavía no ema cuerod la palab ra…. Las palabras son….no me acuerdo.
Pensé que de repente hable ne tercera persona de mi misma. De repente cambio a la tercera persona, por que hice eso? Encuentro varios errores en el texto, que significan algunos errores… quise poner: vomitar, vomitar gatas peludas.
mme gusta consutrior, me gusta cconstruir mis oracioens asi de esta maneras. Es como, es como una escalera

Es como
Es como una escalera
Es como una escalera, por eso,
Es como una escalera por eso me gusta.

La proxíma trato de escribir todo así.

viernes, 22 de noviembre de 2019

Cosa desagradable


Hace algunos años tomé la decisión de escribir sobre cosas que que desagradables.
No es fácil. Nadie dijo que lo es. Se debe sin dudas tener estómago y una capacidad a asombrosa de descripción. Es difícil, a veces ni yo lo soporto. A veces empiezo a vomitar sobre el papel o la laptop. Me pasan cosas extrañas corporales. Me empieza a subir un líquido ácido por el esófago y cuando en llega a la lengua y se junta con la saliva provoca una reacción química que es como que me hace efervescencia y me produce unas ampollas en la parte de atrás de la lengua.  Son ampollas que yo no llegó a ver cuando sacó la lengua frente al espejo pero que imagino son verdes y se llenan de pus. El color de la pus es amarillo fuerte. Eso lo sé porque a veces la escapo. A veces sólo no puedo contenerla y se cae sobre el papel o la computadora. Ahí se la ve en todo su esplendor. A veces sale con restos de comida. Trato de no comer mucho antes de escribir.  Soy alérgica a muchas cosas. Soy alérgica a mi propia pus. Cuando pongo los dedos sobre la pc o la hoja que escribo hago contacto con el líquido y me despierta una de las reacciones.  La piel se empieza a irritar y minutos después se pone azul y verde. Se hincha. Se llena de puntos rojos.  Empieza a largar un olor fétido. Que sé yo qué pasa. Ahora de sólo pensarlo me refurgujea el estómago. Se mueve todo ahí adentro. Creo que me sube la pus. Y sí, y sí, ahí está. Me quema la garganta. Lo estoy sintiendo ahora. Son como hormigas rojas que me van subiendo por el esófago y la laringe, y van picando todo a su paso. Siento la irritación. Se me escapa un poco de líquido por las comisuras de la boca. Estoy haciendo un esfuerzo sobre humano por no vomitar sobre la computadora. Me limpió un poco y ya empieza la reacción alérgica. Y sí.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Reflexión circular sobre TOC


*1
Se lee como ping ping: Va y vuelve, y busca remate.
"
Los pensamientos irracionales que pueden llevar al acto de la limpieza pueden ser distintos entre persona y persona. Por ejemplo, algunos individuos pueden tener pensamientos supersticiosos que les provocan ansiedad si no realizan actos para reducir sus síntomas ansiosos, otros pueden pensar que todo está contaminado y si no se limpian van a sufrir enfermedades graves, y otros pueden llevar el orden y la limpieza del hogar al extremo, ya que buscan continuamente la simetría de los objetos. Independientemente del pensamiento irracional, la compulsión en este tipo de trastorno se va a caracterizar por conductas de limpieza e higiene.
Estas personas sufren pensamientos repetitivos que provocan ansiedad. La conducta compulsiva solamente sirve para calmarles por un tiempo breve, lo que acaba produciendo un círculo vicioso, pues vuelve a aparecer el pensamiento irracional una y otra vez tras la conducta compulsiva.
Variables cognitivas relacionadas con el TOC
Existen múltiples variables cognitivas relacionadas con el TOC. Según el Obsessive-Compulsive Cognitions Working Group (OCCWG), las más importantes son:
Intolerancia a la incertidumbreSobreestimación de la amenazaPerfeccionismoResponsabilidad excesivaCreencias sobre la importancia de los pensamientosCreencias sobre la importancia del control de los pensamientos propiosRigidez de ideas
"

La obsesión empezaba cuando tenía que decirle algo a alguien pero ni valía la pena que lo haga. Empecé escribiendo este párrafo en tercera persona como si le relatara a otro lo que le pasó pero dada MI obsesión por la limpieza, por MI limpieza, modifiqué toda la primera oración.
Tenía muchas cosas que decirles a muchas personas, sobre todo a una o dos, algún que otro ser humano que tenía vínculo conmigo que ni vale la pena mencionar, porque insisto con que poco importaba lo que tenía que decir porque ni valía la pena. Esa vez pasé el trapo al piso de mi casa unas once veces un día sábado.
Me habia acostumbrado a hacerlo todas las mañanas antes de salir al trabajo y todas las noches cuando llegaba después de rutina laboral y académica. Lo pasaba incluso llegando agotada después de entrenar o de madrugada después de salir. Pero lo del sábado aquel fue hermoso. Siempre comentaba, se lo comentaba sobre todo a mi hermano, "vos no sabés lo que está mi departamento los sábados, porque limpio; yo limpio los sábados". Eso era el año pasado y el anterior. Me había mudado finalmente a un departamento que me gustaba con vista privilegiada a geriátrico, pocas veces ocultada por un blackout maltrecho. Yo a veces lo invitaba y le decía "¿vos viste no?, ¿viste esto?, ¿viste lo limpio?". Hacía como un tour por los ambientes del departamento y recién ahí calentaba agua para mate o té. Si hoy en día le pregunto a mi hermano un sábado si sabe cómo está mi departamento seguramente contestaría "ah no, pero limpísimo", porque el me seguía el juego, me daba medallas, aplaudía, pasaba dedos para buscar polvo y hacía la prueba de la blancura. Desde ya que las limpiezas que hacía no eran buenas, pero eran lo mejor que me había pasado desde que había empezado a vivir sola. Nunca había querido míos los lugares donde viví, siempre limpiaba porque sino se acumulaba mugre y punto, pero con el departamento frente a geriátrico yo sentía la necesidad inmensa de hacerle el homenaje de limpiarlo y después prender un sahumerio.
La vez de aquel sábado fue en otra locación. Me mudé a otro departamento que no me gustaba tanto, sin vista a geriátrico pero aún así lindo, y ya tenía más conciencia de que podía mantener la fantasía de que algo podía ser mio, homenaje mediante. El homenaje requería cada vez más esfuerzo, como todo lo que se repite. Tenía que quedar bien en claro.
El viernes previo llegué, me bañé limpiando la ducha, entoallada limpié el baño y, mientras cocinaba, el resto de la casa. Comí y limpié después de eso.
El sábado me despertó la angustia de lo que no estaba diciendo y arranqué trapeando a la mañana mientras la pava del mate.
Me volví a dormir. Me desperté y regué las plantas. Pasé otro trapo, pues la entrada y salida de tierra del balcón.
Salí a comprar hormas de queso. La vuelta ameritó una limpieza más.
Cociné y antes de almorzar pasé un trapo. Después de lavar los platos hice una limpieza más profunda.
Me hice un té y me acosté a ver una película y cuando me levanté necesité limpiar.
Salí a ver una película al cine y volví casi a medianoche. En el medio hablé con mi hermano y le dije lo de siempre del sábado y mi casa; aseguró que debía estar limpísima y le comenté de la cantidad de veces del acto de la limpieza. Googleamos lo del TOC que cito más arriba. Repasamos algunos que recordaba haber tenido: la actividad simétrica de las manos, la clásica caminata intrabaldoza, el ritual previo a dormir -una mezcla de lo más bizarra que empezó después de tomar la comunión con un padre nuestro a toda velocidad y saraza, y después terminó con varios padres nuestros y aves marías a velocidades divinas, cantidades de movimientos espasmódicos y señales de la cruz, alguna que otra frase que me cuesta recordar, y madera y teta izquierda, muchas veces, yo calculo que 8 porque es mi número favorito, 2 y 4 me parecen pocos, y tengo problemas con el 3 y los múltiplos de 3, y en general con los números impares. El ritual consumía 15 minutos de todas las noches y creo que duró por lo menos 4 años, entre variantes que le iba agregando (del tipo: ¿dónde tocó madera? Opción A: Mesa de luz. B. La propia cama. C. La cama de mi hermana más chica que dormía arriba mio. D. La propia cabeza, una opción que se considera válida pero no tengo ni la menor idea de por qué. Terminaba haciendo A, B, C y D todas juntas 4 veces cada una u 8, depende el año). Al cabo que de todas formas ya tenía problemas para dormir así que tampoco tanto problema por el tiempo consumido-.
Llegué a casa. Pasé otro trapo antes del té y uno más antes de acostarme. Prendí un sahumerio. En el medio escribo esto.
Tengo muchas cosas para decir y ninguna vale la pena decirla. ¿Qué carajo tiene que ver esto con la limpieza? *1