sábado, 11 de abril de 2015

Ezakimak (o hágalo usted mismo, mientras yo me tomo un descanso)

Un kamikaze sube al subte con una bomba atada a su cuerpo y se enamora a primera vista de una chica que duerme contra la ventana. ¿Qué falló?

Tiene 18 aňos.
Desde los 4 lo entrenan. 
Tuvo un estricto régimen de visitas para ver a su mamá y a su papá.
Ellos no podían llamarlo más que por el nombre y el apellido.
En la escuela no tenía amigos.
No tenía compañeros.
Tenía colegas que pensaban igual que él. 
'¿Qué más da?, yo voy a inmolarme'.
No se hablaban más que para preguntarse algo que no habían entendido.
Jamás había sentido cariño por nadie de su edad.
No recordaba haberse dado amor con sus progenitores.
El decía: "Mis progenitores esto, mis progenitores aquello".
Pero no "papá y mamá". 
Nunca tuvo mascotas. 
No tenía comida preferida. 
No le gustaba ningún grupo o género musical.
 Y no se sentía atraído por ningún tipo de arte. 
Lo único que era trascendente en su vida era la misión que cumpliría 45 días después de su cumpleaños número 18. 
Y así llego el gran día.
Baja al subte dispuesto a inmolarse y plaf. 
Amor, de repente.
Algo que nunca había sentido. 
Una desconocida total que duerme plácidamente contra la ventana, no sabiendo que de lo linda o no que se pueda ver podría depender su vida y la de los demás pasajeros de la linea B a las 8 am.
Tiene 10 minutos para decidirse.
La bomba está en acto.
Pronto estallará.
Se queda parado directamente frente a ella. 
Percibe su presencia. 
Abre los ojos.
¡Lo mira!
Se miran.
Tic tac tic tac.
... 
Siguen mirándose. 
Oh Dios, ¡que manera de mirarse!















(espacio)

























(Espacio, espacio)





















Pensé mucho sobre cómo resolver la historia del kamikaze enamorado. Usted ahora la está leyendo baja la página y nada, todo blanco, y espera el final y yo entro por la puerta con dos termos y dos tacitas de porcelana  y me siento en una silla a su lado. 
¿Té? ¿Café? 
Bien, no acepta nada porque no confía en una autora desconocida que se hace llamar Malvina Cur (aunque bien sabe que si fuera tan peligrosa Google ya me habría vendido al FBI). 
Oh. Perdón, olvidé cerrar la puerta. Le decía: pensé mucho cómo resolver la historia del kamikaze. Usted como lector -y yo respeto mucho su opinión- ¿qué cree? ¿Debo priorizar la historia de amor y la idea de que puede salvar el mundo? O al contrario, ¿el mundo está perdido? 
Sorbo mi taza de café.
¿Seguro que no quiere?
Tic tac tic tac

-¡La historia debe resolverse!-me grita- ¿Qué carajo me importa cómo?! ¡Es ficción! Si todos mueren poco me importa, el punto es que haya desenlace. 
Oh, ya veo -vuelvo a sorber despacito (a veces hay que tomarse estos minutos de reflexión con el lector, me entenderá)- es usted una persona que odia los finales abiertos. 
Me mira enojado. 
-Pero si es usted la que quiere terminar el cuento, ¿para qué me pregunta sino?
 Siempre es muy importante la opinión del lector. 
-Entonces le repito: no me interesa si mueren todos o triunfa el amor. Sólo quiero que termine.
 ¿Cómo puede no importarle? 
-¿Por qué me va a importar? ¡Es ficción!
¿De modo que es un lector que no tiene interés en la ficción?
-¿Por qué tiene que etiquetar todo?
Vea, yo no etiqueto. Noto que usted repitió lo de no importarle porque es ficción.
 -Claro, me interesaría saber cómo termina, por una cuestión de entretenimiento nomás, pero la ficción es eso: ficción. Y queda ahí, no repercute en mi realidad. 
¿No?
-No. 
¿No?
-¡No! 
¿No? 
-...
Se queda perplejo. Sorbo más de mi tacita y la apoyo en el escritorio. Empiezo a caminar en círculos. A veces me gusta jugar con los lectores a la incertidumbre. ¿Que hará Malvina Cur? Se preguntan.
Finalmente:
Le pregunto ...- silencio, ¿ya ve? Incertidumbre- le pregunto porque, como espero se haya dado cuenta, usted pasó a formar parte de mi relato.
Mira para todos lados, paranoico.
-¿Y?
Por lo pronto, eso es ficción. ¿Realmente cree que no tendría repercusión en su propia realidad?
Sigue desconcertado. Ahora mismo lo narro: está desorientado, no sabe qué pasa ni quién soy, y mira la pantalla y la tacita de café que apoyé al lado. "¿Esto es real?", se pregunta.
-¡Que carajo!
Grita.
-¡¿Qué le pasa?!
Pregunta.
-¡Ey! Deje de decir verbos después de que termino de decir algo.
Ordena inútilmente.
-¡¡Aaaaahhh!!
Lo lamento, no quería irritarlo. Sólo quería demostrarle...
-¡Qué ! ¡¿Qué cosa?!
...demostrarle que la ficción es cosa seria.
-Es molesta.
Disculpe nuevamente. No era mi intención. Vea, yo lo respeto.
-No.
¿No qué?
-No me respeta.
¡Por Cristo! Sí que lo hago.
-Usted, Malvina Cur, está en franca violación del contrato de lectura.
¿Cómo dice?
-Sí: todo lo que se escribía era mentira. Hasta que usted apareció acá, como si nada, con su café y sus ganas de preguntarme cosas. ¡Yo qué sé! Soy lector y usted no debería venir. Justo acá - señala con la mano, traza una linea invisible y luego hace pantomimas- justo acá está la barrera entre usted y yo. Aquí hay un vidrio que no se ve, pero que no se pasa. Usted ahí y yo de este lado.
No, es que yo dedico tiempo a mis lectores. Quiero demostrarles...
-¡Al carajo! Usted vino acá a relatar mi tarde. Que lo miro perplejo, que le grito, que le doy ordenes. Y yo tengo un franco a la semana, y lo quería pasar tranquilo y leyendo. Y ¿qué hace usted? ¡Molestar! ¡Viola cualquier contrato de lectura habido! Es usted una...
¡Eheh! Momentito. ¿Cuándo firme yo contrato? ¿Acaso usted o yo rubricamos algo?
-¡Es una cláusula tácita, imbécil!
Tacita esta -levanto la taza- Disculpe. Quiero decir, lo tácito no existe. Podemos relatar la vida de los lectores. Francamente no veo problema en ello. Los convertimos en protagonistas privilegiados de una historia. Ustedes, y hasta yo, que pensábamos que nuestra vida no valía nada porque no somos ni kamikazes ni mujeres de las que se enamora uno a primera vista de repente somos tema de una historia. ¡Somos el eje!
-Pues yo sólo quiero pasar mi franco relajado leyendo. Terminar de leer  y que nadie venga. ¿Cómo entró usted acá, por ejemplo? ¿También violó la propiedad privada?
Por su mente. Si usted considera a su mente propiedad privada... Y en tal caso, si es así, me ha abierto la puerta (aunque debo admitir que me negó mi entrada perfecta).
-¿¿Cómo??
He entrado de formas mas originales, ya ve... rompiendo el cristal de la ventana, haciendo clara analogía a la idea del vidrio invisible que nos separa... Con bombas de humo. Resucitando de una tumba y esas cosas... pero usted... a decir verdad, que lector aburrido... Yo, que influyo en esto, tengo el deber de hacerlo interesante. Ahora quiero que haga esto que escribo (Y LO HARÁ, de hecho): se para , lava la tacita,  apaga la computadora y se dirige al subte línea B.  Allí lo esperan el kamikaze y la chica de la que se enamoró. RESUÉLVALO.