viernes, 28 de febrero de 2020

Vacaciones con Manuela*


Con mi amiga Manuela nos encontramos dentro del célebre grupo de ocho personas que se zambulleron en el río de agua salada del Uruguay el 7 de febrero del 2020, en el marco de una invasión de aguas vivas.
Las medusas habían llegado ya el 5 a Montevideo, el mismo día que nosotras arribamos e intentamos bañarnos tras un paseo por la rambla del Ríomar de la Plata, en una playa no apta conocida como "del gas". Desde ya que ni imaginábamos que era el comienzo de la plaga. Nos mojamos las manos y pies con delicadeza en la orilla e interactuamos con un señor (el señor del Fierro) que las sacaba cada vez que alguien alertaba respecto a la presencia de alguna. Eran enormes pero él las dominaba con el fierro y las llevaba hasta la orilla.


¿Vieron? Dan ganas de meterse pero da miedito. ¿¿¿noo??? Yo la saco por los gurises. Imaginate que si a nosotros nos duele cuando pican mirá los gurises. Ya saqué un mooooontón. Debe ser el agua pero ya va a cambiar. Las saco y las seco por los gurises (señaló a los gurises y luego apuntó a dos o tres o cuatro enormes montañas de gelatinas. Los gurises alertaron respecto de otra presencia, buscó su fierro y gritó) ¡Ahí voooy! A ver (mostraba habilidad. La arrastró a la orilla con el palo y un gurí acercó su baldecito de playa para meterla y así depositarla en una de las montañas. Gran cantidad de gurises se acercaron con palos a molestarlas en su lecho de muerte). Fijate que ahí las saqué pero no pisen porque los filamentos pican como por media hora. Hay que dejarlas secar. (Detrás suyo, una mujer gorda se metió decididamente al agua hasta la cintura: con un movimiento manual y veloz, agarró la más grande que hayamos visto jamás hasta entonces. No sabemos cómo la hizo caber en su mano para revolearla a la orilla donde cayó pesadamente cerca de nosotras. La medusa respiraba; se inflaba y se desinfabla) ¿Viste que respira no? Y sí, respira (preguntaba y se contestaba el del Fierro riéndose, tal vez un poco celoso de la destreza amazónica de la mujer que le competía el protagonismo de la playa del gas. Y los gurises rodearon a la gigantesca criatura al grito de) ¡Miiiiiira el agua viva! ... ¡Hay que matarla! (Pronto empezaron a clavarla. El señor del Fierro parecía tener al menos dos hijos mellizos) …tienen 3 años y 10 meses, van para 4... (que formaron la manada alerta de aguas vivas con otros. Ya iba a atardecer y la hora mágica, etc etc, y Manuela y yo decidimos subir a tomar mates a la costanera. Un rato después, el del Fierro nos pasó al lado rodeado de cinco gurises) ¡No, no, no! ¡Se terminó mi jornada laboral! Noo (gritó hacia los que quedaban en la playa y nos saludó).

En fin, que eso pasó el 5 y según el del Fierro era cosa pasajera. El 6 comimos rabas y abadejo, tomamos cerveza  y nos metimos en otra playa sin problemas. El 7 amaneció muy raro, sin entenderse el clima. Tal vez lloviera (potencial), había viento (era un hecho). Salimos sin saber a dónde ir. Caminamos por Montevideo en una suerte de tour bizarro casero que armamos; de esos en los que o todo es completamente interesante o nada es interesante en absoluto. Llovió con sol. Dejó de llover. Hizo muchísimo calor. Terminamos tomando un colectivo a Parque Rodó para comprobar que ya era el día de playa ideal (un hecho pero en potencia). Almorzamos frente a la rambla con vista al Ríomar de la Plata; la playa estaba hermosa, tranquila, no había nadie, la marea estaba bajísima. Esperamos a que se pase el horario crítico del sol y cruzamos. Con calor y felicidad nos sacamos la ropa  al lado de una chica que tomaba sol, -hola, -¿nos cuidarías las cosas mientras nos metemos?-, y corrimos para mojarnos los pies porque la arena quemaba. Y bueno, invasión. Y apenas empezaba la zona húmeda. Miles, tal vez millones de aguas vivas. Las de la orilla eran de tamaño medio. Miramos para todos lados. Ningún humano se metía al agua; los pocos estaban sentados bajo el sol y era todo muy agobiante. Los detalles. El tamaño de los bichos era proporcional a la profundidad. A medida que crecía el volumen de agua, crecía el de las medusas. Vigilábamos a izquierda y derecha entre las dos. En fin que llegamos a una altura considerable entre grititos y expresiones de aliento. Nos metimos y salimos (salir es más difícil que entrar porque una no ve qué trae la ola, es decir que hay un triple frente de ataque en potencia). Lo hicimos dos veces y presenciamos que dos mujeres más también lo hicieron, luego una chica también se metió hasta las rodillas, vimos la silueta de una persona solitaria zambullirse al final de la playa y, finalmente, un padre llevó a su hijo a caballito al agua, pero él lloraba y se negó a mojar siquiera sus pies. El resto de las personas que fueron a esa playa no se bañaron. Sólo se sentaron a mirar y a expresarse con horror, risas y curiosidad sobre la plaga. Nuevos gurises empezaron a gritar cosas sobre las medusas pero ya no estaban el del Fierro ni la señora amazónica para sacarlas. Quién sabe qué pasó con ellos. Las aguas vivas habían ganado todo.

Esquivar medusas con ese nivel de exposición corporal nos hizo sentir bien y valientes. Pero al rato vinieron los cangrejos. Lo gritaron los gurises. Acá hay unos cangrejos; ¡y acá otro más grande!. Y estaban también los batracios que comían las gelatinas que morían en la orilla. Y todo lo que era el reino marino parecía estar cooperando en armonía y eso no nos incluía a los humanos.

Manuela y yo nos fuimos al otro día en un barco en medio de una tormenta. Y bueno; durante lo que estuvimos embarcadas hablamos y alardeamos justamente de esto: de que estamos contadas entre las ocho personas que se metieron al mar el día en que todo comenzó. Quién pudiera tener una amiga así.

*Publicado originalmente el 10 de febrero de 2045 en el suplemento subacuático Life Style & Travels de Sobrevivientes del ex diario La Nación, cuya distribución fue arruinada en su totalidad por la erosión instantánea del papel al contacto con el agua, problemática que los dueños se negaron tercamente a corregir en lo poco que quedó hasta su desaparición.