Con mi amiga Manuela nos
encontramos dentro del célebre grupo de ocho personas que se zambulleron en el río
de agua salada del Uruguay el 7 de febrero del 2020, en el marco de una
invasión de aguas vivas.
Las medusas habían
llegado ya el 5 a Montevideo, el mismo día que nosotras arribamos e intentamos
bañarnos tras un paseo por la rambla del Ríomar de la Plata, en una playa no
apta conocida como "del gas". Desde ya que ni imaginábamos que era el
comienzo de la plaga. Nos mojamos las manos y pies con delicadeza en la orilla
e interactuamos con un señor (el señor del Fierro) que las sacaba cada vez que
alguien alertaba respecto a la presencia de alguna. Eran enormes pero él las
dominaba con el fierro y las llevaba hasta la orilla.
¿Vieron? Dan ganas de
meterse pero da miedito. ¿¿¿noo??? Yo la saco por los gurises. Imaginate que si
a nosotros nos duele cuando pican mirá los gurises. Ya saqué un mooooontón.
Debe ser el agua pero ya va a cambiar. Las saco y las seco por los gurises (señaló a los gurises y luego apuntó a dos o tres o cuatro
enormes montañas de gelatinas. Los gurises alertaron respecto de otra presencia,
buscó su fierro y gritó) ¡Ahí voooy! A ver (mostraba habilidad. La
arrastró a la orilla con el palo y un gurí acercó su baldecito de playa para meterla y así depositarla en una de las montañas.
Gran cantidad de gurises se acercaron con palos a molestarlas en su lecho de
muerte). Fijate que ahí las saqué pero no pisen porque los filamentos pican como por
media hora. Hay que dejarlas secar. (Detrás suyo, una mujer gorda se metió decididamente al agua hasta la cintura: con un movimiento manual y veloz,
agarró la más grande que hayamos visto jamás hasta entonces. No sabemos cómo la
hizo caber en su mano para revolearla a la orilla donde cayó pesadamente cerca
de nosotras. La medusa respiraba; se inflaba y se desinfabla) ¿Viste que
respira no? Y sí, respira (preguntaba y se contestaba el del Fierro riéndose,
tal vez un poco celoso de la destreza amazónica de la mujer que le competía el
protagonismo de la playa del gas. Y los gurises rodearon a la
gigantesca criatura al grito de) ¡Miiiiiira el agua viva! ... ¡Hay que matarla!
(Pronto empezaron a clavarla. El señor del Fierro parecía tener al menos dos hijos
mellizos) …tienen 3 años y 10 meses, van para 4... (que formaron la manada
alerta de aguas vivas con otros. Ya iba a atardecer y la hora mágica, etc etc, y Manuela y yo decidimos subir a tomar mates a
la costanera. Un rato después, el del Fierro nos
pasó al lado rodeado de cinco gurises) ¡No, no, no! ¡Se terminó mi
jornada laboral! Noo (gritó hacia los que quedaban en la playa y nos
saludó).
En fin, que eso pasó el 5
y según el del Fierro era cosa pasajera. El 6 comimos rabas y abadejo, tomamos
cerveza y nos metimos en otra playa sin problemas. El 7 amaneció muy
raro, sin entenderse el clima. Tal vez lloviera (potencial), había viento (era
un hecho). Salimos sin saber a dónde ir. Caminamos por Montevideo en una suerte
de tour bizarro casero que armamos; de esos en los que o todo es completamente
interesante o nada es interesante en absoluto. Llovió con sol. Dejó de llover.
Hizo muchísimo calor. Terminamos tomando un colectivo a Parque Rodó para
comprobar que ya era el día de playa ideal (un hecho pero en potencia).
Almorzamos frente a la rambla con vista al Ríomar de la Plata; la playa estaba
hermosa, tranquila, no había nadie, la marea estaba bajísima. Esperamos a que
se pase el horario crítico del sol y cruzamos. Con calor y felicidad nos
sacamos la ropa al lado de una chica que tomaba sol, -hola,
-¿nos cuidarías las cosas mientras nos metemos?-, y corrimos para mojarnos
los pies porque la arena quemaba. Y bueno, invasión. Y apenas empezaba la zona húmeda.
Miles, tal vez millones de aguas vivas. Las de la orilla eran de tamaño medio.
Miramos para todos lados. Ningún humano se metía al agua; los pocos estaban
sentados bajo el sol y era todo muy agobiante. Los detalles. El tamaño de los bichos era
proporcional a la profundidad. A medida que crecía el volumen de agua, crecía
el de las medusas. Vigilábamos a izquierda y derecha entre las dos. En fin que
llegamos a una altura considerable entre grititos y expresiones de aliento. Nos
metimos y salimos (salir es más difícil que entrar porque una no ve qué trae la
ola, es decir que hay un triple frente de ataque en potencia). Lo hicimos dos
veces y presenciamos que dos mujeres más también lo hicieron, luego una chica
también se metió hasta las rodillas, vimos la silueta de una persona solitaria
zambullirse al final de la playa y, finalmente, un padre llevó a su hijo a
caballito al agua, pero él lloraba y se negó a mojar siquiera sus pies. El
resto de las personas que fueron a esa playa no se bañaron. Sólo se sentaron a
mirar y a expresarse con horror, risas y curiosidad sobre la plaga. Nuevos
gurises empezaron a gritar cosas sobre las medusas pero ya no estaban el del
Fierro ni la señora amazónica para sacarlas. Quién sabe qué pasó con ellos. Las
aguas vivas habían ganado todo.
Esquivar medusas con ese
nivel de exposición corporal nos hizo sentir bien y valientes. Pero al rato
vinieron los cangrejos. Lo gritaron los gurises. Acá hay unos cangrejos; ¡y acá
otro más grande!. Y estaban también los batracios que comían las gelatinas
que morían en la orilla. Y todo lo que era el reino marino parecía estar cooperando en
armonía y eso no nos incluía a los humanos.
Manuela y yo nos fuimos al otro día en
un barco en medio de una tormenta. Y bueno; durante lo que estuvimos embarcadas
hablamos y alardeamos justamente de esto: de que estamos contadas entre las ocho personas que se metieron al mar el día en que todo comenzó. Quién pudiera tener
una amiga así.
*Publicado originalmente
el 10 de febrero de 2045 en el suplemento subacuático Life Style &
Travels de Sobrevivientes del ex diario La Nación, cuya distribución fue
arruinada en su totalidad por la erosión instantánea del papel al contacto con
el agua, problemática que los dueños se negaron tercamente a corregir en lo poco que
quedó hasta su desaparición.
