Me parece que a mi lector (...) le puede ser de mucha ayuda en la vida saber esto, sobre todo por las consecuencias morales que se desprenden de la historia: hubo un tiroteo en el centro entre policías y ladrones, ¿quienes más sino? Naturalmente, seguramente, esperablemente o negativamente, un malechor (!) ha querido robar las pertenencias de algún ciudadano modelo y quiso huir así nomás, como si pudiera tirar un beso, decir chau y listo. Entonces, positivamente, afortunadamente, los policías llegaron se hicieron presentes con sus armas, le gritaron que se quede quieto y como no lo hizo, logicamente, las dejaron disparar, no sea cosa de que lo hagan ellos, no. Así empezó el ir y venir de balas para todas partes que, genialmente, impactaron de lleno en el malviviente (o no viviente, en este caso) y,desgraciadamente, le pegaron también a muchas personas inocentes que pasaban por ahí. Masomenos así se relató, relativamente así fue, tal vez, en algún punto. Nosotros, los que no fuimos impactados por balas, nos enteramos de todo porque lo vimos en la pantalla, supimos los detalles porque las cámaras estuvieron ahí durante dos horas y cuarenta y tres minutos exactos jugando con la escena del crimen, con los agentes, con los testigos, con la cortina musical de una película que sonaba de fondo, que era trágica, escalofriante, que ponía la piel de gallina, nos hacía dar cuenta de lo difícil que era vivir y recordaba lo peligroso de salir a la calle con zapatillas (no sea cosa que uno termine siendo asaltado o perseguido por los noteros y esa musiquita). Pero qué espanto de música; no pasa día que pueda salir a la calle sin escucharla. Apenas abro la puerta empieza a sonar la orquesta y me empiezo incomodar, camino con la cabeza gacha, espiando de reojo todo lo que me rodea, escaneando a los vecinos disimuladamente. A veces puedo sentir ráfagas repentinas de aire frío que me erizan los pelitos de los brazos y entonces sé que tengo que detenerme en las esquinas, pegar la espalda contra la pared, contar tres dos uno y girar de un salto para ver si alguien viene por la perpendicular, pero aunque no se acerque nadie la atroz melodía sigue retumbando y cuando hago tres cuadras más ya oigo los violines amenazantes que me obligan a andar más y más rápido. Alguien me sigue, a estas alturas ya lo sé, llevo zapatillas. Empiezo a trotar y el calzado me facilita la tarea, pero es peligroso que permanezca con él por mucho tiempo más. Comienzo a transpirar y se me acelera la respiración; no es uno, son diez o dieciocho los violines que suenan todos juntos, me avisan que lo peor está por venir porque ellos también van cada vez más rápido; debo empezar a correr, estoy a tres cuartos de mi velocidad y doy zancadas largas pero me tengo que deshacer de algunas cosas que me pesan en la mochila y voy tirando los libros, las galletitas, el cuaderno, las llaves, el monedero, la tarjeta, las lapiceras, me quedo sólo con un lápiz de punta afilada que esgrimo cada vez que doblo en una calle. Llego a la plaza y amago a volver, empiezo a picar en otra dirección, me tomo de un poste, le doy dos vueltas y salgo para la izquierda, cruzo constantemente de vereda, hago zigzag. Los obstáculos se me interponen en el camino, los autos me obligan a detenerme antes de atravesar las calles y cuando eso pasa doy vueltas en el lugar, me agarro la cabeza, me tiro de los pelos, salto con las rodillas juntas y cuando puedo sigo corriendo. Intento perder al peligro pero es imposible, la orquesta, los violines, todo sigue ahí, cada vez más tenebroso y más potente, y a mí se me agota el aire, es tan triste mi capacidad pulmonar, no voy a aguantar mucho tiempo más; si lo intento probablemente el final sea peor, terminaré ahogada por mi propio accionar en medio del escape, ¡qué desgracia! Tengo que resolver, no hay otra salida. Me voy desatando los cordones mientras corro, acaricio las suelas en cuanto puedo, me saco una, le doy un beso y la tengo amorosamente contra mi pecho mientras me desanudo la otra, salto en un pie, grito de la tristeza, que lástima, ¡qué difícil es vivir!, las revoleo y me saludan balanceándose desde un balcón. Adiós zapatillas. La música resuelve, ya no hay peligro, sigo caminando tranquila, descalza, doblo en la avenida, una zapatería.
...
¿Consecuencias morales...?
jueves, 30 de agosto de 2012
jueves, 23 de agosto de 2012
Maldisorrrr
En realidad, todo empezó con lo de la sensación de picor. Picor cuando comía cosas que me daban ardor en la garganta y me relegaban a una situación un tanto desesperante, de "no calma" se podría decir. Picor, en reemplazo de picante, más que ninguna otra cosa, pero también después fue un picor con los derivados sugestivos propios de cualquier palabra. Esto es: picor por calentura, picor por sensualidad, etcétera. Más que nada se usó de esa manera y desde entonces acostumbro terminar las palabras con or por cuestiones estéticas, al principio, y también porque me acostumbré y a veces es imposible no hacerlo. Si quisiera, puedo remontarme a los orígenes de este orígen y recordar que en algún momento alguien que yo sé empezó a concluir todas las palabras con onga, que es una terminación bastante desagradable, y casi un año después a mi me surgió lo de la sensación de picor comiendo pan con tomates, cebollas y locoto en un cumpleaños, se lo fuí a contar y entonces fue como mi venganza por todo eso de onga. Al final, me terminé condenando yo solita porque no pude parar de transformar todas las palabras y de repente nos hablábamos y me decía cómo estás preciosonga y yo le contestaba, por ejemplo, que estaba con un picor que no podía controlar en la garganta, me preguntaba si no tenía que tomar alguna pastillonga y yo le respondía que por un tema de anchor no podía hacerlo, y empezaba a decir que todo el tema del onga y el anchor le daban ganas de empezar con los chistes subiditos de tono (tonor, lo corregía yo) y le decía que podíamos hacer una excepción por hoy, que no me sentía lo suficientemente bien, que tenía pudor, secor y también cansor, y que si no podíamos ver una película y comer galletitas, y me contestaba que en su casa habían muchas galletongas dulces y yo caía en la cuenta de que la expresión exacta era galletor, aunque no quedaba tan bien, y empezaba la discusión.
Ya van varios meses desde que hablamos así, ni siquiera nos preocupamos por los riesgos estéticos de las terminaciones que no siempre quedan bien. A veces quiero agregar un or al final pero la palabra ya termina así, entonces tengo que ponerle doble or sólo para molestar, por ejemplo doctoror. Oor, sencillamente, no es factible cambiarle el terminor y, cuando quiero hacer el mutor para decir placard, el resultado, placardor, es francamente (o con exceso de francor) incomprensible. Maldisor!
martes, 14 de agosto de 2012
Empapamiento comentado
Hay una combinación de ropa que no puedo ponerme: unas botas negras, un pullover marrón y un piloto. El resto del conjunto es indistinto y no importa, pero cuando me pongo eso llueve salvajemente sobre Buenos Aires y no hay nada que se pueda hacer para evitarlo. Fijense ustedes, probablemente todo ser humano cuenta con una combinación de entre las miles posibles que atrae la lluvia, el calor, el frío polar, el frío septentrional, la humedad maldita o el secor (sí, secor). Las botas son nuevas, pero todo lo demás no, así que intuyo que deben ser como la última pieza que falta encastrar en algún espacio hundido de cualquier pared de la ciudad para que una vez hecho eso la pared se abra en dos y revele una cueva secreta que alberga tesoros o papiros, y uno se encuentre vestido como Indiana Jones, o la cueva es solamente un paraíso fiscal y punto, más fácil. Entonces, la maldición empezó en abril, cuando me compré las botas negras en algún lugar del centro pero, cual neurosis o psicosis*, no se desencadenó hasta unos meses más tarde, cuando empezó el otoño o el invierno, la época en la que vale la pena ponerse el pullover marrón y el pilotito negro. Las primeras veces me vi empapada corriendo con mi botas y sin paraguas a refugiarme bajo algún techo, más luego me di cuenta de cómo venía la mano, de las casualidades que nunca son tales y comprendí que, finalmente, era la combinación. Aun así, y a pesar de que estoy completamente enterada del postulado, hoy salí vestida con la ropa maldita y en bicicleta, y a sólo una cuadra de mi casa una chaparrón descarado comenzó a atacarme. En ese punto, ya sólo hay que saber cómo enfrentarlo: para comenzar, no se debe entrar en pánico y se lo debe aceptar gustoso o, por lo menos, con enojo/angustia en tono de ironía, como decir sí señores, está lloviendo, y acá estoy yo con mi ropa. Esta regla es algo difícil de hacer comprender a las personas que todavía no se dieron cuenta o no aceptan este tipo de fatalidades del destino y que, cuando una está intentando andar en bici, mientras llueve, se moja y trata de ser irónica, todoalmismotiempo, miran de reojo y a la vez corren a ponerse a salvo, sin comprender porque la de la bicicleta no lo está haciendo y se ríe y asiente con la cabeza y habla sola, sí señores, llueve, obviamente, y comprende que efectivamente, en tanto tenga esas botas, ese piloto y ese pullover no podrá huir de las gototas pesadas que chocan contra el suelo. Las distintas situaciones demuestran que la maldición es tal, que cuando hoy llegué a la estación y me subí al tren, la lluvia paró, pero cuando me bajé volvió a precipitar. Lo mismo sucedió cuando entre y salí del subte, de la facultad, y cuando volví a tomarme el tren. Y ahora que pude llegar a casa, empapadísima, se me dio por atemorizarme, porque pienso que poco a poco la ropa se va a ir gastando, es intrínseco a su condición maldita, y miro sobretodo las botitas, que tienen unos pares de meses, y veo que perdieron color, que ya tienen grietas, que están constantemente húmedas... que lástima.
** Potencial psicólogo
miércoles, 8 de agosto de 2012
Tragedias cafetísticas
Es mediodía y el bodegón se llena de gente.
La mayoría son caras conocidas. Se hablan y se saludan entre todos; bromean y
ordenan “lo de siempre”. Las mesas de madera y cuadradas, los platos de vidrio,
los cubiertos, el menú, todo es simple. No se necesita nada de otro mundo (por cierto, mundo
que está muy cerca, porque el bodegón está en Colegiales, al lado está Palermo
y un poco más allá Recoleta). Los empleados trabajan allí hace años, son
conocidos por todos, son llamados por su nombre. El dueño está atrás del
mostrador, saluda a los clientes más antiguos. Los desconocidos llegan y
observan todo y a todos. Es obvio que no comen seguido allí. Cambia
increíblemente el trato con los mozos, piden los menús, los hojean de arriba
abajo, preguntan dónde está el baño. A veces, miran con envidia cómo los de
siempre charlan con los mozos. Resulta
interesante pensar lo que puede llegar a provocar semejante contraste de viejos
y nuevos. De hecho, cuando pasa, pasa y no hay nada que se pueda hacer para
evitar esa contienda invisible: la tarde otoñal en la que el contraste se convirtió
en tragedia, yo estaba contra una ventana tomando un café con leche, a pesar de
que ya era la hora de almuerzo. El bodegón
estaba mitad lleno y Carmelo Aureliano Gonçalves (a quien a partir de ahora llamaremos sólo Aureliano
o Carmelo, dependiendo de los requerimientos estéticos del relato) estaba
contra el mostrador. Aureliano trabajaba de mozo desde hacía treinta años en ese
oscuro bodegón de Colegiales y le gustaba comentárselo a cualquiera que entrara
y utilizara sus servicios. Por eso, y por su cara arrugada, sus abundantes canas,
sus dientes amarillos de tanto fumar, su olor y su mirada de quien ya mucho había
vivido, suponía que debía tener sesenta y pico de años.
Cuando entró el
desconocido y ocupó la mesa cuatro, Carmelo se acercó y comenzó el protocolo. Qué
va a querer don, va a almorzar, recomiendo el puchero, recomiendo el guiso,
recomiendo este vacío al horno con papás, hace treinta años que trabajo acá y
le recomiendo todas estas cosas. El cliente, que había permanecido durante todo
el acto mirando el menú rascándose los cabellos rubios y casi ignorando al
mozo, levantó la cabeza y le dijo que por el momento no quería nada de eso, que
deseaba mirar el menú tranquilo y elegir solo, porque se consideraba lo
bastante autosuficiente como para poder escoger lo que quería almorzar. El sermón,
que fue sorprendentemente largo y lleno de argumentos por demás innecesarios en
contra de las recomendaciones de Aureliano,
nos sorprendió a todos los comensales y bebedores de café de la una del
mediodía. De ninguna manera se necesitaba de tal discurso para no pedir nada de
lo que Carmelo recomendaba porque, de hecho, los que habitualmente comíamos ahí
nunca hacíamos caso a sus sugerencias, excepto en ocasiones especiales, como en
sus cumpleaños, que eran el 25 de mayo o el 14 de agosto, ya que juro que el
año pasado comí un guiso de arroz con pollo dos días diferentes porque en ambos
Carmelo me dijo que era su natalicio y que tenía que aceptar sí o sí la
recomendación. Pero que el viejo Aureliano cumpla años dos veces no
sorprendía ni alteraba a nadie; al fin y al cabo, estábamos acostumbrados a no
saber nada con certeza de él y a veces se jactaba de ser de sagitario, otras
de cáncer, otras de acuario y ninguna coincidía con las fechas tentativas de su
nacimiento. Cuando el desconocido terminó su parloteo, todos miramos a
Aureliano esperando su reacción y vimos clavarse la daga invisible en su corazón
y en su orgullo de mozo, que no sé si lo sabían, pero el de uno con treinta
años de oficio es grande como una torre; se va forjando en cada plato y tacita
que sirve y se va cocinando como cualquier comida a la cacerola, porque se impregna de sus propios jugos, que en este
caso serían las propinas y las simpatías de la gente que va a comer y puede
terminar el almuerzo o la cena con el placer de llamarlo por su nombre,
Aureliano o Carmelo, depende el requerimiento estético de la ocasión o de la memoria de los comensales, que en
realidad recuerdan más a Aureliano en el 87% de las ocasiones, comprobadísimo.
Carmelo balbuceó un solemne “como quiera, don”, dio media vuelta y volvió a
apoyarse en el mostrador, a la espera de que el cliente elija
autosuficientemente su plato, pálido como nunca, al borde las lágrimas, el
pobre Aureliano. El gringo de la mesa cuatro se tomó su tiempo; estuvo ojeando
el menú durante quince minutos de reloj (nunca entendí porqué el “de reloj”, ¿cómo
podrían ser los minutos, los segundos y las horas, sino? Sigo con el relato porque no tiene desperdicio y porque, además, lo de los
quinceminutosdereloj es una batalla perdida, ya lo discutí con muchas personas
que yo considero inteligentísimas pero que ignoraron todo lo que tenía para
decirles que, por demás está decirlo, eran argumentos muy lógicos, sí, y
racionales), terminó eligiendo un pollo al horno con papas noisette y pidió
que esté bien doradito. Carmelo gritó desde la mesa cuatro a la cocina la
orden, se lo quedó mirando un rato al gringo con la expresión de quien ha sido
gravemente traicionado y posteriormente herido de muerte (esto es algo de
lo que no estoy del todo segura porque nunca vi a nadie en semejante situación -excepto,
claro, en un sentido figurado, a Carmelo- pero creo que si alguien viviera
dicha desgracia ese sería su rostro). Aureliano no se retiró; se quedó parado
al lado de la mesa durante unos cuantos minutos y el desconocido se quedó mirándolo
perplejísimo, y después dirigió su mirada hacia nosotros, que también observábamos
con atención la escena, como buscando una respuesta que, por supuesto, no le
podíamos dar. Luego, sin advertencia
alguna, Carmelo volvió al mostrador, recuperó el color morenito de su cara, su
sonrisa, sus recomendaciones para los clientes que cruzaron el umbral después de la una y
veintipico del mediodía, que fue cuando sucedió todo. Me trajo otra galletita
para que acompañe el café con leche, que ya a esa altura estaba frío pero no
importa, porque me gusta igual, como tomar el mate tibio y lavado, mmm que
rico. Cuando estuvo listo el plato del gringo desconocido se acercó con
normalidad, se lo dejó en la mesa y le deseó buen provecho, ¡y con cuánta
educación lo hizo!, todo un ejemplo del buen mozo Aureliano (vaya a saber si se
había tomado venganza con alguna chanchada en la cocina o si el pollo
tenía algún fluido carmelístico o qué). En los hechos, el plato estaba
impecable y Carmelo se comportó muy caballerosamente, como era habitual en él;
el cliente lo comió con un poco de voracidad y en quince minutitos (no vamos a
entrar nuevamente en el asunto “dereloj”) ya no quedaba una pisca de nada, salvo
los huesos a secas. El gringo se pidió un cortado en jarrito. La tacita llegó
en la bandeja de Carmelo, inocente y tranquila, como la brisa cálida antes del
ojo del huracán, como el espléndido día soleado antes de la nube de polvo químico
y mortal de Hiroshima. Aureliano lo sirvió en la mesa cuatro y se retiró al
mostrador a observar atentamente como el gringo se tomaba su contenido. Dos minutos alcanzaron para vaciar enteramente
de líquido ese pedazo de porcelana blanco. Observábamos con tanta expectativa,
que yo me olvidé del café y la galletita, y los de la mesa dos que siempre se
pedían una suprema a la Maryland
se comieron lo Maryland y dejaron las supremas abandonadas y pidiendo a gritos
que alguien se las coma, pobrecitas. El gringo levantó la mano derecha, dirigió
la mirada al mostrador y le pidió a Carmelo que le trajera la cuenta; sí,señor,
son sesenta y tres pesos, señor, que el desconocido pagó con un billete de
cien, y cuando Carmelo le trajo los
veintisiete de vuelto, le dio quince de propina, que el mozo se guardó
miserablemente en su billetera, sabiendo que eran los quince pesos de la
humillación y del maltrato. Luego se volvió al mostrador y se sentó en un
banquito a ver como el cliente se ponía un saco gris y una bufanda verde musgo,
atravesaba el umbral de la puerta, se detenía en la esquina a esperar para
cruzar la calle y era brutalmente embestido por un radiotaxi. Los comensales de
siempre intercambiamos miradas cómplices; el horror al otro lado de las ventanas, el
cuerpo del gringo imprudente tirado a diez metros del lugar donde había sido
atropellado, un charco de sangre que lo rodeaba, y más acá, sobre la mesa cuatro,
la tacita de café, impasible, disimulando y simulando su inocencia, cuando en
realidad todos los que éramos habitúes del bodegón sabíamos que, de alguna u
otra manera, el jarrito era el culpable de la desgracia. La ambulancia se llevó su cuerpo sin vida para intentar, inútilmente, reanimarlo y ya nadie se atrevió a
desafiar el orgullo de Carmelo Aureliano Gonçalves, el mozo con treinta años de oficio bla blab (...)
martes, 7 de agosto de 2012
Breve presentación que de ninguna manera cumple su objetivo
Todavía no comprendo demasiado bien la finalidad de este blog. Los que quieran (... ....) pueden presentar propuestas acerca de cuál es su fin, de manera que pueda tener algún sentido su existencia.
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