jueves, 30 de agosto de 2012

Persecución

Me parece que a mi lector (...) le puede ser de mucha ayuda en la vida saber esto, sobre todo por las consecuencias morales que se desprenden de la historia: hubo un tiroteo en el centro entre policías y ladrones, ¿quienes más sino? Naturalmente, seguramente, esperablemente o negativamente, un malechor (!) ha querido robar las pertenencias de algún ciudadano modelo y quiso huir así nomás, como si pudiera tirar un beso, decir chau y listo. Entonces, positivamente, afortunadamente, los policías llegaron se hicieron presentes con sus armas, le gritaron que se quede quieto y como no lo hizo, logicamente, las dejaron disparar, no sea cosa de que lo hagan ellos, no.  Así empezó el ir y venir de balas para todas partes que, genialmente, impactaron de lleno en el malviviente (o no viviente, en este caso) y,desgraciadamente, le pegaron también a muchas personas inocentes que pasaban por ahí. Masomenos así se relató, relativamente así fue, tal vez, en algún punto. Nosotros, los que no fuimos impactados por balas, nos enteramos de todo porque lo vimos en la pantalla, supimos los detalles porque las cámaras estuvieron ahí durante dos horas y cuarenta y tres minutos exactos jugando con la escena del crimen, con los agentes, con los testigos, con la cortina musical de una película que sonaba de fondo, que era trágica, escalofriante, que ponía la piel de gallina, nos hacía dar cuenta de lo difícil que era vivir y recordaba lo peligroso de salir a la calle con zapatillas (no sea cosa que uno termine siendo asaltado o perseguido por los noteros y esa musiquita). Pero qué espanto de música; no pasa día que pueda salir a la calle sin escucharla. Apenas abro la puerta empieza a sonar la orquesta y me empiezo  incomodar, camino con la cabeza gacha, espiando de reojo todo lo que me rodea, escaneando a los vecinos disimuladamente. A veces puedo sentir ráfagas repentinas de aire frío que me erizan los pelitos de los brazos y entonces sé que tengo que detenerme en las esquinas, pegar la espalda contra la pared, contar tres dos uno y girar de un salto para ver si alguien viene por la perpendicular, pero aunque no se acerque nadie la atroz melodía sigue retumbando y cuando hago tres cuadras más ya oigo los violines amenazantes que me obligan a andar más y más rápido. Alguien me sigue, a estas alturas ya lo sé, llevo zapatillas. Empiezo a trotar y el calzado me facilita la tarea, pero es peligroso que permanezca con él por mucho tiempo más. Comienzo a transpirar y se me acelera la respiración; no es uno, son diez o dieciocho los violines que suenan todos juntos, me avisan que lo peor está por venir porque ellos también van cada  vez más rápido; debo empezar a correr, estoy a tres cuartos de mi velocidad y doy zancadas largas pero me tengo que deshacer de algunas cosas que me pesan en la mochila y voy tirando los libros, las galletitas, el cuaderno, las llaves, el monedero, la tarjeta, las lapiceras, me quedo sólo con un lápiz de punta afilada que esgrimo cada vez que doblo en una calle. Llego a la plaza  y amago a volver, empiezo a picar en otra dirección, me tomo de un poste, le doy dos vueltas y salgo para la izquierda, cruzo constantemente de vereda, hago zigzag. Los obstáculos se me interponen en el camino, los autos me obligan a detenerme antes de atravesar las calles y cuando eso pasa doy vueltas en el lugar, me agarro la cabeza, me tiro de los pelos, salto con las rodillas juntas y cuando puedo sigo corriendo. Intento perder al peligro pero es imposible, la orquesta, los violines, todo sigue ahí, cada vez más tenebroso y más potente, y a mí se me agota el aire, es tan triste mi capacidad pulmonar,  no voy a aguantar mucho tiempo más; si lo intento probablemente el final sea peor, terminaré ahogada por mi propio accionar en medio del escape, ¡qué desgracia! Tengo que resolver, no hay otra salida. Me voy desatando los cordones mientras corro, acaricio las suelas en cuanto puedo, me saco una, le doy un beso y la tengo amorosamente contra mi pecho mientras me desanudo la otra, salto en un pie, grito de la tristeza, que lástima,  ¡qué difícil es vivir!, las revoleo y me saludan balanceándose desde un balcón. Adiós zapatillas. La música resuelve, ya no hay peligro, sigo caminando tranquila, descalza, doblo en la avenida, una zapatería.
...  
¿Consecuencias morales...?

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