En el salón de conferencias donde mi grupo concurre, hay un cuadro colgado en una pared iluminado por dos foquitos de luces dicroicas, y yo acabo de entender lo que es ese cuadro.
Pensé que era un enorme bicho rojo, con tentáculos y antenas; que podía ser un insecto pero también un camarón o un langostino, y esas antenas podían estar en el fondo del mar o arriba de un árbol. Pero que en definitiva era un bicho, marino o terrestre, sobre un fondo blanco, que bien podría ser un fondo de mar muy iluminado -fotográficamente hablando, muy sobreexpuesto-, o la pared blanca de un patio donde él se depósito y quedó a la espera de lo que esperan normalmente los bichos con sus antenas: algo para cazar o quien sabe.
Y no entendía porque hacíamos gala de un bicho pero me hice a la idea de que pertenecía a un grupo de gente extraña que tenían cierto fetiche con otros seres vivos de antenas y cuerpos colorados, sin saber si eran del mar o no, pero seres antenados al fin. Y yo forjé mi forma de ser en esto:
yo pensé que tenía que ser extraña y excéntrica, como el bicho que creía que todos veneraban,
pensé que todos estábamos de acuerdo en alabar cosas asquerosas
y pensé que eso nos hacía ver distintos al resto.
Y además pensé que todos pensábamos que entonces compartíamos algo que nadie más tenía.
Y cuando todos se empezaron a alejar de mí porque eructaba, o regurgitaba, o escupía, o me baboseaba en público, me sentí mal y sola, y no entendí nada. Y no quería decirles sobre su hipocresía.
Y ahora que me dejaron sola en el salón y me acerco al cuadro de dicroicas escudriñándolo con tristeza para captar el sentido de nuestra soledad (la mía y la del ser vivo antenado), me cae una lagrimita estúpida por el cachete. Pero entonces veo con horror que es una niñita
escribiendo sobre un escritorio rojo,
que lo que yo creía antenas es una lámpara de pie,
que lo que yo creía costra horrible es la cabeza casi rubia de la niñita,
que lo que yo creía cuerpo infecto terrestre o marino es en realidad una mesa,
que la niñita tiene anteojos,
que la niñita sostiene una lapicera,
que la niñita es civilizada,
que la niñita escribe sobre un cuaderno,
que estoy completamente fuera de su alcance,
y de sus modales,
que eructé en su presencia y en la del resto de mis compañeros,
que yo pensé que éramos un grupo de gente rara y excéntrica.
Pero
que solamente somos un grupo de gente
que se junta a conversar civilizadamente en una sala de conferencias,
reverenciándonos ante el cuadro de una niñita,
escritora y aplicada.
Y aburrida.
Y limpia.
Terrestre.
Y pienso que tengo un gusto muy sutil por las cosas asquerosas,
que extraño al grupo excéntrico
que se jactaba de reverenciar a un bicho antenado
y pero que nunca existió más que en mi mente y mis babeos;
y que tengo que buscar otro grupo que se junte
en donde si hayan cuadros de seres horribles
y antenados,
y con tentáculos,
de tierra o mar,
para reverenciarlos,
y poder escupir y eructar
como dios manda.
