El problema con la lluvia es la gente con paraguas, por eso el gran tema
de hoy fue cómo lograr que caminen por la senda que les corresponde. No es que quiera
fijar las reglas de conducta social ni nada por el estilo, no debe confundirse.
Es una cuestión de lógica: corresponde el lado de la vereda que no cubre el techo
porque el paraguas en sí (y para sí) es como una cubierta movediza y portátil
que se puede llevar para todos lados, que tiene manija, y es cómoda y
tranquilizadora porque no se corre el riesgo de que desaparezca (cómo sí sucede
con los balcones que a veces no están, o con las marquesinas mentirosas que son
huecas en el centro). Pero además, no debe olvidarse que es un arma de doble
filo porque protege de la lluvia pero también nos amenaza a los sin paraguas
con sacarnos los ojos si los desobedecemos; y encima algunos tienen sorprendentes
dibujitos, muchos colores y transparencias divertidas que juegan con la luz del
día y quisieran jugar también con la de la noche, pero esta es una difícil
empresa que suele fracasar notablemente: primero porque de noche hay menos luz,
segundo porque si el paraguas transparente se compra antes del mediodía las posibilidades
de que dure hasta la noche sin romperse van disminuyendo un veintitrés,cuatro por
ciento con cada hora que pasa.
El tema no debe abstraerse de "lo cultural", entendiendo que
los padres enseñan a los hijos a usarlos y además hay de diferentes tamaños, y
ya mencioné también lo de los diferentes estilos, así que nadie podrá quejarse
nunca de que no encuentra el paraguas que más lo identifica, dijo el CEO de la
empresa fabricante de paraguas, avalado por todos sus publicistas que además
estaban próximos a lanzar una nueva campaña y por eso tenían encerradas a
quince personas de diferentes edades y clases sociales en una habitación a la
espera de que llegue el encuestador para analizar los efectos de compraventa.
Pero Guillermo no estaba llegando y esa gente que hacía veintisiete minutos
debería haber comenzado a responder preguntas estaba callada, examinándose. Dos
viejitos que fueron juntos comentaron la tardanza en voz alta y se decidieron a
salir del reducto publicitario en el que se metieron por propia voluntad, pero
al tirar de la puerta se percataron de que estaba cerrada con llave y dieron
alerta al resto de los potenciales encuestados, entre los que no podía faltar
un treintañero claustrofóbico que comenzó a quejarse, agarrarse de los pelos,
transpirar e insultar, la bella dama que lo tranquilizó, un niño de siete años
que no entendía por qué estaba ahí y sólo sabía que no podía decir que su papá
tenía un negocio donde vendía paraguas de todo tipo en Once, y demás personas
que serán nombradas si el relato así lo requiriera. La habitación estaba en el
séptimo piso de un edificio de la calle Paraná, a pocas cuadras de Santa Fe, no
tenía acceso a un baño, así que cualquier urgencia debería ser resuelta dentro
de los cinco metros cuadrados que ocupaba. Así pasaron las horas y el primero
en tener que hacer pis fue el niño de siete años, y eso generó la ternura de un
ama de casa que hacía rato no tenía hijos pequeños y entonces lo ayudó todo lo
que pudo a bajarse los pantalones y a apuntar hacia el rinconsito con cuidado
de no mojar más de lo necesario, y todos en la habitación participaron del acto
de ternura y lanzaron risitas y suspiros y ahhhhhh; más luego, el
claustrofóbico, su cuidadora, uno de los viejitos, el ama de casa y dos
adolescentes más necesitaban orinar pero no había potencial mamá que los ayude
y a nadie le parecía divertido, ni simpático, ni mucho menos tierno. Llegaron
al acuerdo de que lo mejor era aguantarse las ganas un rato más y comenzar a
hacer estrategias para salir sanos y salvos del lugar. Llamemos al teléfono de
acá, ¿alguien tiene el número de la empresa?, tono... no contestan, tono...,
tono..., tono..., y cuatro intentos que son más que suficientes para sentenciar
el no atendimiento, además de que cuatro es el número perfecto y el tres es más
que nada satánico. El grupo puso todos sus elementos en centro del piso: los
cortaplumas, los celulares, los esmaltes de uñas, las agujas de coser, los
medicamentos, las billeteras, las llaves, las agendas, pero pensaron que
ninguna serviría, y mientras tanto habían algunos que ya se estaban poniendo
morados de la fuerza que hacían para retener el pis y la dignidad. Veinte
minutos más gritando, algunos llorando de desconsuelo, otros que se rindieron y
orinaron en el rincón, un par los insultaron y les hablaron de salvajismo y
todo eso. La hecatombe total en el reducto publicitario del paraguas en la
calle Paraná, de la cual el único que se mantuvo al margen es el niño de siete
años que no entendía mucho de nada, pero que se acercó a la puerta y empujó,
tan sólo eso, y se abrió. Primero callaron todos, luego estallaron en
felicitaciones para Ramiro, así se llamaba, y después todos corrieron por el
pasillo que daba directo a los baños, pero por ahí, ahí justamente, venía
caminando Guillermo con una gigantesca sonrisa y ocho paraguas en las manos, el
tránsito, el centro, ¡sepan disculpar!, y ponía a funcionar nuevamente la
perversa maquinaria publicitaria de la gran industria que no quiere dejar ser
humano sin su respectivo paraguas.
El tema es cómo hacer para que la gente camine por la senda que le
corresponde. Mi problema con la lluvia es más que nada ese...