Hay una combinación de ropa que no puedo ponerme: unas botas negras, un pullover marrón y un piloto. El resto del conjunto es indistinto y no importa, pero cuando me pongo eso llueve salvajemente sobre Buenos Aires y no hay nada que se pueda hacer para evitarlo. Fijense ustedes, probablemente todo ser humano cuenta con una combinación de entre las miles posibles que atrae la lluvia, el calor, el frío polar, el frío septentrional, la humedad maldita o el secor (sí, secor). Las botas son nuevas, pero todo lo demás no, así que intuyo que deben ser como la última pieza que falta encastrar en algún espacio hundido de cualquier pared de la ciudad para que una vez hecho eso la pared se abra en dos y revele una cueva secreta que alberga tesoros o papiros, y uno se encuentre vestido como Indiana Jones, o la cueva es solamente un paraíso fiscal y punto, más fácil. Entonces, la maldición empezó en abril, cuando me compré las botas negras en algún lugar del centro pero, cual neurosis o psicosis*, no se desencadenó hasta unos meses más tarde, cuando empezó el otoño o el invierno, la época en la que vale la pena ponerse el pullover marrón y el pilotito negro. Las primeras veces me vi empapada corriendo con mi botas y sin paraguas a refugiarme bajo algún techo, más luego me di cuenta de cómo venía la mano, de las casualidades que nunca son tales y comprendí que, finalmente, era la combinación. Aun así, y a pesar de que estoy completamente enterada del postulado, hoy salí vestida con la ropa maldita y en bicicleta, y a sólo una cuadra de mi casa una chaparrón descarado comenzó a atacarme. En ese punto, ya sólo hay que saber cómo enfrentarlo: para comenzar, no se debe entrar en pánico y se lo debe aceptar gustoso o, por lo menos, con enojo/angustia en tono de ironía, como decir sí señores, está lloviendo, y acá estoy yo con mi ropa. Esta regla es algo difícil de hacer comprender a las personas que todavía no se dieron cuenta o no aceptan este tipo de fatalidades del destino y que, cuando una está intentando andar en bici, mientras llueve, se moja y trata de ser irónica, todoalmismotiempo, miran de reojo y a la vez corren a ponerse a salvo, sin comprender porque la de la bicicleta no lo está haciendo y se ríe y asiente con la cabeza y habla sola, sí señores, llueve, obviamente, y comprende que efectivamente, en tanto tenga esas botas, ese piloto y ese pullover no podrá huir de las gototas pesadas que chocan contra el suelo. Las distintas situaciones demuestran que la maldición es tal, que cuando hoy llegué a la estación y me subí al tren, la lluvia paró, pero cuando me bajé volvió a precipitar. Lo mismo sucedió cuando entre y salí del subte, de la facultad, y cuando volví a tomarme el tren. Y ahora que pude llegar a casa, empapadísima, se me dio por atemorizarme, porque pienso que poco a poco la ropa se va a ir gastando, es intrínseco a su condición maldita, y miro sobretodo las botitas, que tienen unos pares de meses, y veo que perdieron color, que ya tienen grietas, que están constantemente húmedas... que lástima.
** Potencial psicólogo
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