Es mediodía y el bodegón se llena de gente.
La mayoría son caras conocidas. Se hablan y se saludan entre todos; bromean y
ordenan “lo de siempre”. Las mesas de madera y cuadradas, los platos de vidrio,
los cubiertos, el menú, todo es simple. No se necesita nada de otro mundo (por cierto, mundo
que está muy cerca, porque el bodegón está en Colegiales, al lado está Palermo
y un poco más allá Recoleta). Los empleados trabajan allí hace años, son
conocidos por todos, son llamados por su nombre. El dueño está atrás del
mostrador, saluda a los clientes más antiguos. Los desconocidos llegan y
observan todo y a todos. Es obvio que no comen seguido allí. Cambia
increíblemente el trato con los mozos, piden los menús, los hojean de arriba
abajo, preguntan dónde está el baño. A veces, miran con envidia cómo los de
siempre charlan con los mozos. Resulta
interesante pensar lo que puede llegar a provocar semejante contraste de viejos
y nuevos. De hecho, cuando pasa, pasa y no hay nada que se pueda hacer para
evitar esa contienda invisible: la tarde otoñal en la que el contraste se convirtió
en tragedia, yo estaba contra una ventana tomando un café con leche, a pesar de
que ya era la hora de almuerzo. El bodegón
estaba mitad lleno y Carmelo Aureliano Gonçalves (a quien a partir de ahora llamaremos sólo Aureliano
o Carmelo, dependiendo de los requerimientos estéticos del relato) estaba
contra el mostrador. Aureliano trabajaba de mozo desde hacía treinta años en ese
oscuro bodegón de Colegiales y le gustaba comentárselo a cualquiera que entrara
y utilizara sus servicios. Por eso, y por su cara arrugada, sus abundantes canas,
sus dientes amarillos de tanto fumar, su olor y su mirada de quien ya mucho había
vivido, suponía que debía tener sesenta y pico de años.
Cuando entró el
desconocido y ocupó la mesa cuatro, Carmelo se acercó y comenzó el protocolo. Qué
va a querer don, va a almorzar, recomiendo el puchero, recomiendo el guiso,
recomiendo este vacío al horno con papás, hace treinta años que trabajo acá y
le recomiendo todas estas cosas. El cliente, que había permanecido durante todo
el acto mirando el menú rascándose los cabellos rubios y casi ignorando al
mozo, levantó la cabeza y le dijo que por el momento no quería nada de eso, que
deseaba mirar el menú tranquilo y elegir solo, porque se consideraba lo
bastante autosuficiente como para poder escoger lo que quería almorzar. El sermón,
que fue sorprendentemente largo y lleno de argumentos por demás innecesarios en
contra de las recomendaciones de Aureliano,
nos sorprendió a todos los comensales y bebedores de café de la una del
mediodía. De ninguna manera se necesitaba de tal discurso para no pedir nada de
lo que Carmelo recomendaba porque, de hecho, los que habitualmente comíamos ahí
nunca hacíamos caso a sus sugerencias, excepto en ocasiones especiales, como en
sus cumpleaños, que eran el 25 de mayo o el 14 de agosto, ya que juro que el
año pasado comí un guiso de arroz con pollo dos días diferentes porque en ambos
Carmelo me dijo que era su natalicio y que tenía que aceptar sí o sí la
recomendación. Pero que el viejo Aureliano cumpla años dos veces no
sorprendía ni alteraba a nadie; al fin y al cabo, estábamos acostumbrados a no
saber nada con certeza de él y a veces se jactaba de ser de sagitario, otras
de cáncer, otras de acuario y ninguna coincidía con las fechas tentativas de su
nacimiento. Cuando el desconocido terminó su parloteo, todos miramos a
Aureliano esperando su reacción y vimos clavarse la daga invisible en su corazón
y en su orgullo de mozo, que no sé si lo sabían, pero el de uno con treinta
años de oficio es grande como una torre; se va forjando en cada plato y tacita
que sirve y se va cocinando como cualquier comida a la cacerola, porque se impregna de sus propios jugos, que en este
caso serían las propinas y las simpatías de la gente que va a comer y puede
terminar el almuerzo o la cena con el placer de llamarlo por su nombre,
Aureliano o Carmelo, depende el requerimiento estético de la ocasión o de la memoria de los comensales, que en
realidad recuerdan más a Aureliano en el 87% de las ocasiones, comprobadísimo.
Carmelo balbuceó un solemne “como quiera, don”, dio media vuelta y volvió a
apoyarse en el mostrador, a la espera de que el cliente elija
autosuficientemente su plato, pálido como nunca, al borde las lágrimas, el
pobre Aureliano. El gringo de la mesa cuatro se tomó su tiempo; estuvo ojeando
el menú durante quince minutos de reloj (nunca entendí porqué el “de reloj”, ¿cómo
podrían ser los minutos, los segundos y las horas, sino? Sigo con el relato porque no tiene desperdicio y porque, además, lo de los
quinceminutosdereloj es una batalla perdida, ya lo discutí con muchas personas
que yo considero inteligentísimas pero que ignoraron todo lo que tenía para
decirles que, por demás está decirlo, eran argumentos muy lógicos, sí, y
racionales), terminó eligiendo un pollo al horno con papas noisette y pidió
que esté bien doradito. Carmelo gritó desde la mesa cuatro a la cocina la
orden, se lo quedó mirando un rato al gringo con la expresión de quien ha sido
gravemente traicionado y posteriormente herido de muerte (esto es algo de
lo que no estoy del todo segura porque nunca vi a nadie en semejante situación -excepto,
claro, en un sentido figurado, a Carmelo- pero creo que si alguien viviera
dicha desgracia ese sería su rostro). Aureliano no se retiró; se quedó parado
al lado de la mesa durante unos cuantos minutos y el desconocido se quedó mirándolo
perplejísimo, y después dirigió su mirada hacia nosotros, que también observábamos
con atención la escena, como buscando una respuesta que, por supuesto, no le
podíamos dar. Luego, sin advertencia
alguna, Carmelo volvió al mostrador, recuperó el color morenito de su cara, su
sonrisa, sus recomendaciones para los clientes que cruzaron el umbral después de la una y
veintipico del mediodía, que fue cuando sucedió todo. Me trajo otra galletita
para que acompañe el café con leche, que ya a esa altura estaba frío pero no
importa, porque me gusta igual, como tomar el mate tibio y lavado, mmm que
rico. Cuando estuvo listo el plato del gringo desconocido se acercó con
normalidad, se lo dejó en la mesa y le deseó buen provecho, ¡y con cuánta
educación lo hizo!, todo un ejemplo del buen mozo Aureliano (vaya a saber si se
había tomado venganza con alguna chanchada en la cocina o si el pollo
tenía algún fluido carmelístico o qué). En los hechos, el plato estaba
impecable y Carmelo se comportó muy caballerosamente, como era habitual en él;
el cliente lo comió con un poco de voracidad y en quince minutitos (no vamos a
entrar nuevamente en el asunto “dereloj”) ya no quedaba una pisca de nada, salvo
los huesos a secas. El gringo se pidió un cortado en jarrito. La tacita llegó
en la bandeja de Carmelo, inocente y tranquila, como la brisa cálida antes del
ojo del huracán, como el espléndido día soleado antes de la nube de polvo químico
y mortal de Hiroshima. Aureliano lo sirvió en la mesa cuatro y se retiró al
mostrador a observar atentamente como el gringo se tomaba su contenido. Dos minutos alcanzaron para vaciar enteramente
de líquido ese pedazo de porcelana blanco. Observábamos con tanta expectativa,
que yo me olvidé del café y la galletita, y los de la mesa dos que siempre se
pedían una suprema a la Maryland
se comieron lo Maryland y dejaron las supremas abandonadas y pidiendo a gritos
que alguien se las coma, pobrecitas. El gringo levantó la mano derecha, dirigió
la mirada al mostrador y le pidió a Carmelo que le trajera la cuenta; sí,señor,
son sesenta y tres pesos, señor, que el desconocido pagó con un billete de
cien, y cuando Carmelo le trajo los
veintisiete de vuelto, le dio quince de propina, que el mozo se guardó
miserablemente en su billetera, sabiendo que eran los quince pesos de la
humillación y del maltrato. Luego se volvió al mostrador y se sentó en un
banquito a ver como el cliente se ponía un saco gris y una bufanda verde musgo,
atravesaba el umbral de la puerta, se detenía en la esquina a esperar para
cruzar la calle y era brutalmente embestido por un radiotaxi. Los comensales de
siempre intercambiamos miradas cómplices; el horror al otro lado de las ventanas, el
cuerpo del gringo imprudente tirado a diez metros del lugar donde había sido
atropellado, un charco de sangre que lo rodeaba, y más acá, sobre la mesa cuatro,
la tacita de café, impasible, disimulando y simulando su inocencia, cuando en
realidad todos los que éramos habitúes del bodegón sabíamos que, de alguna u
otra manera, el jarrito era el culpable de la desgracia. La ambulancia se llevó su cuerpo sin vida para intentar, inútilmente, reanimarlo y ya nadie se atrevió a
desafiar el orgullo de Carmelo Aureliano Gonçalves, el mozo con treinta años de oficio bla blab (...)
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