Mi hermano me desayunó ayer con una terrible noticia. El
teléfono que conectaba con la zona glaciaca de Italia se ha roto. PAF. Lo dijo
mientras tomábamos el café con leche, justo en el momento en que yo untaba una
tostada con mermelada y queso. La tostada cayó boca abajo, con el queso y la
mermelada de cara al piso, mientras yo me enteraba que el teléfono ya no
estaba. Pensé en los leones, en toda la fauna. ¿Cómo pudo ser? Mi hermano me
contó que lo habían roto, que dejaron la base pero se llevaron el auricular.
Rememoré con la boca semi abierta y la mano sosteniendo la nada cada momento que pasé con ese aparato. La casa abandonada
que lo alberga, la mansión que era un falso museo de San Lorenzo, que tenía
banderas y camisetas guardadas para el olvido,
que no era más que la fachada de ese aparato antiguo empotrado en sus
revestimientos de madera.
Triste, triste pérdida.
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