Al mismo tiempo que descubrimos que el ruido de la humanidad era el que se escuchaba en la Guitarrita un 30 de diciembre a las 22:30, nos dimos cuenta de que sin humanos ese ruido no existiría y que esa es la pista , el índice, de su paso por lo que hay de mundo.
Escuchá bien, le dije, este es nuestro sonido, el de nuestra especie (si es que puede existir algo tal como una especie). Por supuesto que no era necesario pedirle que oiga porque el bullicio era elevado, muy elevado. La gente hablaba, los mozos caminaban, los vasos chocaban contra la mesa, los tenedores contra los platos, la grasa contra las lenguas, la cerveza estaba riquísima y el gas hacía ssss, y él es para nada sordo.
Si un alien descendiera sobre la tierra preguntaría qué cosa es eso que oye (en caso de que tengan los mismos sentidos que nosotros, lo que depende de que vivan en las misma dimensiones, cuestión que yo dudo seriamente), continúo.
Me mira con su mejor cara de extrañamiento y se queda pensando. Más, unos minutos más tarde, también nos intrigó saber qué ruido sería el que otros seres consideran propio y a nosotros nos es ajeno.
Después de la discusión, concluímos en que, por ejemplo, hay altas probabilidades de que el ruido de la perridad es diferente al guau que nosotros creemos escuchar, y se podría llegar a asimilar más a un Añañañañañaña.
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