jueves, 8 de enero de 2015

Partículas de olor vuelan por el aire‏

Me pasó algo muy particular, en todo el sentido y esplendor de la palabra, en el tren. 

Una chica entró comiendo bocaditos de queso y se sentó en un asiento contiguo al mío. Inmediatamente pensé que era un asco y sobretodo en el olor, porque, además, terminó de comer y empezó a sacudirse las manos y a agitarlas para sacarse las partículas de bocado de queso que se le habían pegado a la piel. Luego agarró el celular y me imaginé que debía de estar lleno de grasa y  también que, indefectiblemente , a mí me habían caído sus partículas fétidas y voladoras; que, aunque ella no me toque,  debían estar cubriéndome alguna parte del cuerpo. 
Lamenté que hubiera elegido justo ese asiento entre todos los que habían y lamenté no tener el coraje para levantarme e irme. 
Más luego me percaté de que, aunque me corra a los asientos de adelante o atrás, sus partículas movedizas también me alcanzarían o que, aunque me aleje demasiado, partículas de otras cosas me terminarían rozando.
Tristemente,  concluí que hay muchas partículas de no se qué que vuelan por el viento y caen sobre uno, que tiene la mala suerte de estar ahí justo cuando ese viento pasa. Y que la pobre fétida no tenía la culpa de eso, pero igual nada calmaba mi sentido del asco.

 Como venganza muda sobre este acto de injusta casualidad, decidí abrir exageradamente las piernas, de manera que rocen las suyas (total la fetidez era una realidad que ya a esta altura me alcanzaba y además ya estaba enterada de que no había escapatoria), una sutil manera de hacer pagar mi derecho de piso.
El pasar de los minutos me reveló que ella estaba al tanto de mis intenciones y empezó la camuflada contienda. 
Me rosaba demostrando que el lugar que le dejaba no era suficiente para su humanidad olorosa y yo me hacia la distraída, leía y escuchaba música y de alguna forma le hacía saber que debía conformarse con ese espacio, la vida es así, lo demás era mío,malditafétida.
Hasta San Isidro, nos trenzamos en franco combate por esa porción de mundo que es la mitad del asiento del Mitre y fue en Beccar cuando ella miró a un señor, que ya me había parecido verlo subir con ella aunque habían decidido sentarse pasillo de por medio (algo extraño, pienso que tal vez debería haber advertido eso como una amenaza desde el principio) y que yo supuse era su padre. Entonces, se levantó y fue a decirle algo, y yo canté victoria (casualmente el nombre de la estación a la que acabábamos de llegar, así lo anunció la sensual voz institucional del Ministerio de Transporte.  Esta casualidad me hizo sonreír, "al fin un azar sin olor", pensé) Más luego, volvieron ambos de la mano (obviamente era su padre; la diferencia de edad y sobre todo el trato paternal me lo hacían afirmar).

-Mira pá, esta es la del pie- señaló.

-Ah, pero que lindo piecito tiene- dijo tomándomelo.

Indignada aparté la pierna y me saqué los auriculares.

-¿Qué te pasa?-dije, grité, mientra me levantaba, pero no recibí más respuesta que un gancho de izquierda, certero y fatal, que me hizo caer y chocar la cabeza con las sillas de adelante. Desde el mugriento piso vi  en contrapicado que dejábamos atrás la estación San Fernando, donde tenia que bajar,  y presté atención a los ideogramas chinos que fueron plasmados en la puerta del vagón de la línea que recorre la zona norte de Buenos Aires.
 Después,  los vi a ellos, padre e hija, abrazados tiernamente y regocijándose de la sangre que me caía a chorros por la nariz. "Lo primero es la familia", repetían, mientras se me iba nublando la vista de a poco. Ellos siempre estaban ahí, creo que su intención era quedarse hasta que cierre los ojos y entonces pasaban su tiempo observándome desde arriba con placer . 
No sé qué hacían los demás pasajeros. Mi radio de vista no me permitía ver más caras que la de mis agresores y estaba demasiado aturdida como para escuchar algo más que lo que decían ellos, una y otra vez. Intenté moverme pero fue imposible, había caído en una posición de lo más extraña y estúpida, porque fue todo tan rápido que mi pie todavía estaba en el aire cuando ellos me pegaron (digo ellos, no sé cuál de los dos tiró el gancho, tranquilamente podría haber sido cualquiera). Antes del impacto estaba casi en posición de patética grulla así que me desplomé y quedé en forma de g o de q,  a ustedes qué les importa. Lo que sí, es que tenía las piernas sobre el asiento, dobladas hacía adentro, la cola colgando de las piernas, y la espalda y cabeza rozando el piso, colgando de la cola, así que cada vez me llegaba menos sangre al cerebro lo cual me impide entender dónde y cómo estaban mis manos y brazos. 

Lo último que recuerdo es que los muy malditos tenían en sus caras expresiones triunfales y malvadas, auténticamente malvadas, y antes de irse me escupieron y me tiraron, si eso hicieron, el paquete de bocaditos de queso encima. 
Y yo no tengo nada contra la piña,  pero el queso, las partículas, el olor, eso sí que no.  

Malditos fétidos.

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