sábado, 11 de mayo de 2019

#emprendedores

Hoy vi una escena de lo más amorosa: un nene pisó caca en la feria del parque. Estábamos haciendo la fila en la verdulería y la mamá le empezó a decir "lo pisaste bien pisado, eh". Eventualmente le repetía el mérito mientras el nene, que no debía tener más de 9 años, luchaba contra el pedazo de mierda con indicaciones de su padre. Parecía que no entendía cómo tenía que hacer para desprenderlo -aunque igualmente "tan bien pisado" estaba que yo no creía que fuera posible disimular. Además, calzaba esas sandalias/pantuflas/ojotas de goma que dejaban hiper vulnerables a sus pies y parecía que él lo sabía por la espasticidad de sus movimientos- y, frente a la impotencia de las indicaciones paternas y luego también maternas -la madre en algún momento dejó de refregarle el mérito y pasó al modo indicativo-, el resto de la fila también empezó a opinar y a gritarle sugerencias de cómo tenía que arrastrar el pie por el pasto para salir airoso. El nene estaba cada vez más nervioso y su pie cada vez más cerca del pedazo, pero nadie parecía reconocer que a veces no se puede. 
La presión de cuando tenés 9 años y hay que aprender a sacarte la caca de las zapatillas -sandalias/pantuflas/ojotas de goma- es parte de la formación, del paso a la adolescencia y luego a la adultez. 
Algún día ese nene será un hombre: le va a dar indicaciones altaneras a otros nenes sobre cómo hacer algo materialmente imposible y salir airoso. Es nuestra novísima generación de emprendedores.


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